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LH_344_art 05
05 | Num.344
Pastoral de la salud
en la enseñanza del Papa Francisco

José Luis Méndez
Director del Departamento para la Pastoral de la Salud
Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social
Conferencia Episcopal Española. Madrid (España)

El texto analiza la pastoral de la salud a la luz de la enseñanza del Papa Francisco, destacando su dimensión eclesial, comunitaria y evangelizadora.
A partir de diversas catequesis y referencias al magisterio pontificio, se subraya la centralidad de la familia como primer ámbito de cuidado del enfermo y la necesidad de acompañar también a los cuidadores.
La reflexión enfatiza que la atención a los enfermos no debe delegarse únicamente en especialistas, sino asumirse como misión de toda la Iglesia, inspirada en el ejemplo de Cristo y en la parábola del Buen Samaritano. Asimismo, se presenta el sufrimiento como una realidad que, integrada en la fe, puede adquirir sentido redentor y convertirse en oportunidad de crecimiento espiritual.
La pastoral de la salud se entiende como un cuidado integral que abarca dimensiones físicas, emocionales y espirituales, donde la cercanía, la escucha y la compasión son esenciales. Finalmente, se destaca el papel de la comunidad cristiana como generadora de esperanza, llamada a acompañar al enfermo y a combatir la soledad y la exclusión, promoviendo una cultura del cuidado frente a la indiferencia contemporánea.
Palabras clave: Papa Francisco, enfermedad, sufrimiento, evangelización, acompañamiento
This article analyses pastoral healthcare in the light of Pope Francis’s teachings, emphasizing its ecclesial, community-based and evangelising dimension.
Starting out from several doctrinal considerations and references to the papal magisterium, the centrality of the family is underscored as the first sphere of care of the sick, and the need to lend support to carers is likewise highlighted.
The reflection made here also places emphasis on the idea that the care of the sick should not be entrusted to experts alone, but rather that it should be seen as a mission of the Church as a whole, drawing inspiration from the example of Christ and from the parable of the Good Samaritan. Moreover, suffering is presented as a reality which, when integrated in faith, may acquire a redemptive sense and become an opportunity for spiritual growth.
Pastoral healthcare is understood as a comprehensive care embracing physical, emotional and spiritual dimensions, in which nearness,  listening and compassion are essential. Lastly, the article focuses on the role of the Christian community as a generator of hope, called to support the sick and to combat loneliness and exclusion,
fostering a culture of care in contrast to the indifference that marks our times.
Keywords: Pope Francis, Illness, Suffering, Evangelisation, Support

En una Audiencia del Papa Francisco, dentro de una serie de catequesis sobre la familia, nos expresaba su deseo de “tratar un aspecto muy común en la vida de nuestras familias: la enfermedad”[1]. Y puede servirnos de guía para esta breve reflexión sobre la pastoral de la salud en el pontificado del Papa Francisco.

“Es una experiencia de nuestra fragilidad, que vivimos generalmente en familia […]  En el ámbito de los vínculos familiares, la enfermedad de las personas que queremos se sufre con un «plus» de sufrimiento y de angustia. Es el amor el que nos hace sentir ese «plus». […]. La familia, podemos decir, ha sido siempre el «hospital» más cercano”[2]. Ya desde el inicio nos lleva a poner la atención en la importancia de la familia como primera cuidadora de las personas enfermas y que son también, las familias y cuidadores, objeto de nuestra solicitud pastoral. Para quienes nos dedicamos a esta tarea pastoral no es nueva la idea de incluir en nuestros programas y planes pastorales la necesidad de “cuidar al cuidador”, como una de las líneas maestras de la pastoral de la salud.

En el segundo párrafo nos deja todo un reto al recordarnos cómo «en los Evangelios, 

muchas páginas hablan de los encuentros de Jesús con los enfermos y su compromiso de sanarlos. […]  Es de verdad conmovedora la escena evangélica a la que acaba de hacer referencia el Evangelio de san Marcos. Dice así: «Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados» (1, 32). Si pienso en las grandes ciudades contemporáneas, me pregunto dónde están las puertas ante las cuales llevar a los enfermos para que sean curados. Jesús nunca se negó a curarlos. Nunca siguió de largo, nunca giró la cara hacia otro lado”[3] ¡Nosotros no podemos pasar de largo! Hoy corremos el riesgo de desentendernos de esta tarea. Hoy, en las grandes ciudades, atender en la enfermedad y la muerte ha dejado de tener su centro en la vida de las comunidades parroquiales, y se ha convertido en una tarea para “especialistas”: ya están los capellanes en los hospitales o en las residencias de mayores. Pero es una misión de toda la Iglesia, que es la posada a donde el Buen Samaritano lleva al hombre herido y necesitamos aprender a acoger y cuidar. “Todos hemos escuchado y leído este conmovedor texto de san Lucas[4] […]. He deseado proponer la reflexión de este pasaje bíblico con la clave hermenéutica de la Encíclica Fratelli tutti, de mi querido predecesor el Papa Francisco, donde la compasión y la misericordia hacia el necesitado no se reducen a un mero esfuerzo individual, sino que se realizan en la relación: con el hermano necesitado, con quienes lo cuidan y, fundamentalmente, con Dios que nos da su amor”[5].

Es importante recuperar esa solicitud en la vida de la Iglesia, en sus comunidades, que no puede quedarse al margen. Como nos ha dicho en repetidas ocasiones el Papa Francisco, debemos ser una Iglesia en salida. No podemos desentendernos. “La tradición cristiana de visitar a los enfermos, de lavar sus heridas, de consolar a los afligidos no se reduce a una mera obra de filantropía, sino que es una acción eclesial a través de la cual, en los enfermos, los miembros de la Iglesia «tocan la carne sufriente de Cristo» […]  La compasión cristiana se ha manifestado de manera peculiar en el cuidado de los enfermos y los que sufren. A partir de los signos presentes en el ministerio público de Jesús —que curaba a ciegos, leprosos y paralíticos—, la Iglesia entiende como parte importante de su misión el cuidado de los enfermos, en los que con facilidad reconoce al Señor crucificado”[6].

Cuidar a cuantos sufren por la enfermedad es una oportunidad evangelizadora de primer orden. “Los que participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás”[1]. Si nos desentendiéramos, perderíamos una fuerza evangelizadora importante. Cuidar a los enfermos y sus cuidadores lejos de suponer un problema son una ocasión para evangelizar. Los enfermos son, con palabras de Benedicto XVI, “un signo eficaz e instrumento de evangelización para las personas que os atienden y para vuestras familias […]  sois los hermanos de Cristo paciente, y con El, si queréis, salváis al mundo”[2]. Por ello, queremos recordar a los que sufren como consecuencia de la enfermedad que, como dice el Concilio Vaticano II: No estáis solos ni abandonados ni sois inútiles, sois los llamados por Cristo, su viva y transparente imagen[3].

Cuida de él (Lc 10,35) es la recomendación del samaritano al posadero. Jesús nos lo repite también a cada uno de nosotros, y al final nos exhorta: «Anda y haz tú lo mismo». Como subrayé en Fratelli tutti, «la parábola nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común» (n. 67). En realidad, «hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor. No es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor» (n. 68)”[4].

En el tercer párrafo de la Audiencia, Francisco nos deja todo un programa sobre qué es y qué hace la Pastoral de la Salud. Jesús “se presenta públicamente como uno que lucha contra la enfermedad y que ha venido para curar al hombre de todo mal: el mal del espíritu y el mal del cuerpo. […]  Jesús envía a sus discípulos a cumplir su propia obra y les dona el poder de sanar, es decir, de acercarse a los enfermos y cuidarlos hasta el fondo (cfr. Mt 10,1) […]. ¡Esa es la gloria de Dios! ¡Esa es la tarea de la Iglesia! Ayudar a los enfermos, no perderse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; ésta es la tarea”[5].

Curar del mal del espíritu y el mal del cuerpo, cuidar hasta el fondo. Lo corporal afecta a lo espiritual-afectivo y viceversa. La enfermedad produce sufrimiento. Y es mucho lo que nos jugamos: “La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana. A su vez, la sociedad no puede aceptar a los que sufren y sostenerlos en su dolencia si los individuos mismos no son capaces de hacerlo y, en fin, el individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de purificación y maduración, un camino de esperanza”[6]. La soledad que agrava la enfermedad que nos hace dependientes. “Cuando una persona experimenta en su propia carne la fragilidad y el sufrimiento a causa de la enfermedad, también su corazón se entristece, el miedo crece, los interrogantes se multiplican; hallar respuesta a la pregunta sobre el sentido de todo lo que sucede es cada vez más urgente. Cómo no recordar, a este respecto, a los numerosos enfermos que, durante este tiempo de pandemia, han vivido en la soledad de una unidad de cuidados intensivos la última etapa de su existencia atendidos, sin lugar a duda, por agentes sanitarios generosos, pero lejos de sus seres queridos y de las personas más importantes de su vida terrenal”[7].

Cuidado integral. Incluye, además de la atención médica la atención espiritual. Requiere dar esperanza. es preciso ayudar a descubrir que hay vida, sentido y valor en el hombre que sufre. “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito”[8]. Supone descubrir el verdadero sentido que esconde el sufrimiento. “La ciencia cristiana del sufrimiento, indicada explícitamente por el Concilio como la única verdad capaz de responder al misterio del sufrimiento y de dar a quien está enfermo un alivio sin engaño: No está en nuestro poder el concederos la salud corporal, ni tampoco la disminución de vuestros dolores físicos […]  Pero tenemos una cosa más profunda y más preciosa que ofreceros […]  Cristo no suprimió el sufrimiento y tampoco ha querido desvelarnos enteramente su misterio: Él lo tomó sobre sí, y eso es bastante para que nosotros comprendamos todo su valor”[9].

No perdernos en programaciones, sino ver la realidad, lo que tenemos delante o nos parecería más importante. La realidad del dolor y el sufrimiento requieren de cuidados, no tanto de programaciones, aunque, ciertamente, también debemos hacer. “Vivimos inmersos en la cultura de lo rápido, de lo inmediato, de las prisas, así como también del descarte y la indiferencia, que nos impide acercarnos y detenernos en el camino para mirar las necesidades y los sufrimientos a nuestro alrededor. La parábola narra que el samaritano al ver al herido no «pasó de largo», sino que tuvo para él una mirada abierta y atenta, la mirada de Jesús, que lo llevó a una cercanía humana y solidaria. El samaritano «se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo […] le dio su tiempo». Jesús no enseña quién es el prójimo, sino cómo hacerse prójimo, es decir, cómo volvernos nosotros cercanos”[10]. Para consolar y aliviar antes es preciso dejarse “mover a compasión”. Ponerse en el lugar del otro. “Aceptar al otro que sufre significa asumir de alguna manera su sufrimiento, de modo que éste llegue a ser también mío. Pero precisamente porque ahora se ha convertido en sufrimiento compartido, en el cual se da la presencia de un otro, este sufrimiento queda traspasado por la luz del amor. Se sentirán acompañados, acogidos”[11].

Hacerse prójimo requiere acercarse. Estar cerca. Supone saber estar, permanecer, a disposición, esperando, sabiendo escuchar. El sólo hecho de estar, de acompañar les conforta, les ayuda a descubrir que son valiosos, ¡que aún – a pesar de una enfermedad y su dependencia – son valiosos! Muchas veces, el enfermo lo que quiere es que le escuchen, le acompañen. Comunicación no verbal: mirar, tocar… No siempre se puede curar, pero siempre se puede cuidar, acompañar… ¡No tener prisa! “La caridad tiene necesidad de tiempo. Tiempo para curar a los enfermos y tiempo para visitarles. Tiempo para estar junto a ellos, como hicieron los amigos de Job: «Luego se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande» (Jb 2,13)”[12]. Hacerse prójimo para combatir el aislamiento y la sensación de soledad de quien sufre por la enfermedad. “La enfermedad forma parte de nuestra experiencia humana. Pero, si se vive en el aislamiento y en el abandono, si no va acompañada del cuidado y de la compasión, puede llegar a ser inhumana”[13].

Ser portadores de esperanza, no únicamente de manera individual, sino como pueblo. “La esperanza cristiana no tiene solo una respiración personal, individual, sino comunitaria, eclesial. Todos nosotros esperamos; todos nosotros tenemos esperanza, incluso comunitariamente. Por esto, la mirada se extiende enseguida desde Pablo a todas las realidades que componen la comunidad cristiana, pidiéndolas que recen las unas por las otras y que se apoyen mutuamente (cf. 1 Ts 5, 12-22). Ayudarnos mutuamente. Pero no solo ayudarnos ante las necesidades, en las muchas necesidades de la vida cotidiana, sino en la esperanza, ayudarnos en la esperanza […] Llamados a alimentar la esperanza”[14] Ninguno puede esperar solo. “Nadie aprende a esperar solo. No es posible. La esperanza, para alimentarse, necesita un “cuerpo”, en el cual los varios miembros se sostienen y se dan vida mutuamente. Esto entonces quiere decir que, si esperamos, es porque muchos de nuestros hermanos y hermanas nos han enseñado a esperar y han mantenido viva nuestra esperanza”[15]. Llamados a una esperanza porque la última palabra no la tiene el dolor, el sufrimiento. “Dios no ha abandonado a su pueblo y no se ha dejado derrotar por el mal, porque Él es fiel, y su gracia es más grande que el pecado […]. Viene a traer libertad y consolación. El mal no triunfará para siempre, hay un fin al dolor. La desesperación es vencida. Y también a nosotros se nos pide despertar, como Jerusalén, según la invitación que dirige el profeta; estamos llamados a convertirnos en hombres y mujeres de esperanza, colaborando con la venida de este Reino hecho de luz y destinado a todos”[16].

Los pequeños, los sometidos a diversas pruebas, como los enfermos, son testigos privilegiados de esperanza. “No conoce la esperanza quien se cierra en la propia gratificación, quien se siente siempre bien… quienes esperan son en cambio los que experimentan cada día la prueba, la precariedad y el propio límite. Estos son nuestros hermanos que nos dan el testimonio más bonito, más fuerte, porque permanecen firmes en su confianza en el Señor, sabiendo que, más allá de la tristeza, de la opresión y de la ineluctabilidad de la muerte, la última palabra será suya, y será una palabra de misericordia, de vida y de paz. Quien espera, espera sentir un día esta palabra: “ven, ven a mí, hermano; ven, ven a mí, hermana, para toda la eternidad”[17]. Pero todos llamados a ayudarnos a llevar las cargas, los “pequeños” y los fuertes. Con palabras de San Pablo: “nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles”[18]. Con palabras del Papa Francisco, “esta expresión «nosotros que somos los fuertes» podría parecer presuntuosa, pero en la lógica del Evangelio sabemos que no es así, es más, es precisamente lo contrario porque nuestra fuerza no viene de nosotros, sino del Señor. Quien experimenta en su propia vida el amor fiel de Dios y su consolación es capaz, es más, tiene el deber de estar cerca de los hermanos más débiles y hacerse cargo de su fragilidad. Si nosotros estamos cerca del Señor tendremos esa fortaleza para estar cerca de los más débiles, de los más necesitados y consolarles y darles fuerza. Esto es lo que significa. Esto nosotros lo podemos hacer sin autocomplacencia, sintiéndose simplemente como un “canal” que transmite los dones del Señor; y así se convierte concretamente en un sembrador de esperanza. Esto es lo que el Señor nos pide, con esa fuerza y esa capacidad de consolar y ser sembradores de esperanza. Y hoy es necesario sembrar esperanza, pero no es fácil”[19].

Notas
[1] Francisco Audiencia 10-VI- 2015
[2] Francisco Audiencia 10-VI- 2015.
[3] Ibid.
[4] cf. Lc 10,25-37
[5] León XIV, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2026.
[6] León XIV, “Dilexi te” 49.
[7] Juan Pablo II, Carta Apostólica, “Salvici doloris”, 27.
[8] Juan Pablo II, Carta Apostólica, “Salvici doloris”, 27.
[9] Benedicto XVI, Discurso a participantes de las XXVII Conferencia Internacional del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, 17-XI-2012.
[10] Cf. Concilio Vaticano II, Mensaje a los pobres, a los enfermos y a todos los que sufren, 8 de diciembre de 1965.
[11] Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2023
[12] Francisco Audiencia 10-VI- 2015.
[13] Benedicto XVI, Spe salvi, 38.
[14] Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2022.
[15] Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, 37.
[16] Francisco, Carta Fratelli tutti 63, 80-82.
[17] Benedicto XVI, Spe salvi 38.
[18] Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2015.
[19] Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2023.
[20] Francisco, Audiencia, 8-II-2017.
[21] Francisco, Audiencia, 8-II-2017.
[22] Francisco, Audiencia 14-XII-2016.
[23] Francisco, Audiencia, 8-II-2017.
[24] Rm 15, 1.
[25] Francisco, Audiencia, 22-III-2017