«Ecosistema de Francisco»
Juan Ambrosio
Profesor de la Facultad de Teología. Universidad Católica Portuguesa. Lisboa (Portugal)
Juan Ambrosio presenta una síntesis del pensamiento del Papa Francisco desde una experiencia personal marcada por la gratitud. Propone el concepto de «Ecosistema de Francisco», articulados en torno a tres ejes fundamentales —Evangelii Gaudium, Laudato Si’ y Fratelli Tutti— que configuran una visión centrada en el cuidado: de la Iglesia, de la casa común y de la humanidad, impulsando una Iglesia en salida, cercana a las periferias y comprometida con la justicia y la fraternidad.
Asimismo, se subraya la necesidad de una conversión integral —pastoral, cultural, ecológica y sinodal— como camino de renovación eclesial. En este marco, la sinodalidad aparece como clave del pontificado, entendida como estilo de Iglesia basado en la escucha, el discernimiento y la participación de todos, orientado a una misión compartida al servicio del mundo.
Palabras clave: Papa Francisco, cuidado, sinodalidad, conversión, fraternidad
Juan Ambrosio presents a synthesis of the thinking of Pope Francis from the standpoint of a personal experience marked by gratitude. He proposes the concept of the “Pope Francis ecosystem”, structured along three fundamental lines, Evangelii
Gaudium, Laudato Si’ and Fratelli Tutti, which form a vision centred on care: of the Church, of our common home, and of humanity, fostering an outreaching Church, one close to the peripheries and committed to justice and brotherhood.
He also underscores the need for an all-embracing conversion – pastoral, cultural, ecological and synodal – as the path of ecclesial renewal. Within this framework, synodality may be seen as the key to the pontificate, understood as a style of Church
based on listening, on discernment and on the participation of all, oriented towards a shared mission in the service of the world.
Keywords: Pope Francis, Care, Synodality, Conversion, Brotherhood
Escribir sobre el pensamiento del papa Francisco es un ejercicio que convoca una serie de sentimientos que, de ningún modo, me dejan indiferente. No consigo eludir una cierta tristeza por su partida, aunque ya no fuera, en absoluto, una sorpresa. Las señales estaban ahí y eran claras, pero cuando ocurrió, el impacto no fue menor. En mi caso, la noticia llegó muy temprano por la mañana, cuando recibí la llamada telefónica de una emisora de radio. Incluso antes de que me pidieran mi reacción y un primer comentario sobre lo que podría ser el legado del papa Francisco, comprendí que había llegado ese momento que preveíamos, pero que queríamos aplazar. Pude entonces compartir algunas ideas acerca del pontificado de Francisco, a modo de apuntes rápidos y generales. Confieso que no me resultó difícil identificar algunos de los aportes más significativos, pues siempre he sido un lector atento de sus textos. Y al hacerlo, el sentimiento de gratitud, por haber podido acompañar su recorrido, se hizo evidente.
Poco tiempo después pude también compartir, en las páginas de un periódico con el cual suelo colaborar, una reflexión un poco más sistematizada[1]. En ella volvía a referirme a la
pluralidad de sentimientos y, al preguntarme qué escribir sobre Francisco, cuando eran tantas y tan ricas las cosas que se podían destacar, indicaba que haría el ejercicio de compartir, a modo de breves apuntes, algunas notas que pudieran ayudar a enfocar la mirada sobre algunos de los aportes más importantes de su pensamiento. Terminaba ese texto con palabras que tomaba prestadas de otros, pero que traducían bien lo que sentía en aquel momento, y que sigo sintiendo hoy y que, por eso, aquí transcribo:
“Gracias, papa Francisco.
Por la humildad.
Por la audacia del Evangelio.
Por la Iglesia en salida que soñaste con nosotros.
Por la esperanza en las periferias, en las heridas, en los márgenes.
Por el corazón abierto al Espíritu, incluso cuando el camino era estrecho.
Por el discernimiento como brújula.
Por la confianza en los jóvenes, en las familias, en los pobres.
Por la ternura con que hablaste de Dios.
Por el rostro misericordioso que diste a la fe.
Por el silencio de quien reza antes de hablar.
Por el amor a la creación.
Por la fidelidad obstinada a Jesús”.
Con el mismo sentido de gratitud y realizando el mismo ejercicio de focalización, escribo ahora, también a modo de breves apuntes, algunas notas con las cuales pretendo destacar algunos de los principales elementos de lo que he llamado el «Ecosistema de Francisco». Lo hago a partir de un ejercicio de lectura de algunos de sus textos y con la clara conciencia de que otras lecturas son posibles y, además, necesarias.
01| El trípode del Ecosistema de Francisco
Al realizar este ejercicio de identificación de cuáles son los elementos esenciales del Ecosistema de Francisco, considero conveniente comenzar por destacar lo que entiendo ser el trípode sobre el que se asienta.
Señalo, en este sentido, tres textos[2]: la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (EG, 2013), la Encíclica Laudato Si’ (LS, 2015) y la Encíclica Fratelli Tutti (FT, 2020).
Con la Exhortación Apostólica EG, Francisco se dirige a todos los fieles cristianos con el fin de invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría del Evangelio e indicar aquellos que le parecen ser los caminos que la Iglesia debe recorrer (cf. EG 1). En ella encontramos el llamado a una conversión misionera de la Iglesia, de modo que se vaya configurando cada vez más como una Iglesia en salida, abierta, cercana a las personas, capaz de ir a las periferias geográficas y existenciales y de prestar una atención especial a los pobres, a los excluidos, a quienes sufren. En ella se alerta sobre el peligro de la autorreferencialidad de la Iglesia, se denuncian estructuras que generan desigualdad, se llama la atención sobre la tentación de un cristianismo acomodado y se invita a todos los cristianos al encuentro con Jesucristo y a la tarea de la evangelización, marcada por la esperanza, la misericordia y el entusiasmo.
Encuentro en esta Exhortación una invitación a un cambio paradigmático en la manera de entender y vivir la Iglesia. Cambio que me parece estar plasmado en lo que puede llamarse el desafío de las periferias. Normalmente estas se definen a partir de un centro. Periférico es aquello que está alejado del centro. Atreverse a pensar lo contrario me parece ser el desafío. Más que pensar las periferias a partir del centro, el reto consiste en pensar el centro a partir de las periferias. Aplicando esto a la Iglesia, me atrevo a decir que el cambio paradigmático consiste en pensar la Iglesia desde las periferias a las que es enviada. Sinceramente, me parece que este cambio, aunque ya esté en marcha, aún está muy lejos de cumplirse plenamente.
Es también este cambio paradigmático el que me ayuda a identificar los otros dos pies del trípode. Si la Iglesia no puede pensarse desde su autorreferencialidad, entonces la necesidad de su renovación y conversión apunta también más allá de sí misma.
Es en este sentido como leo la Encíclica Laudato Si’ (LS), el segundo pie del trípode. Con ella, el Papa no se dirige solo a los cristianos y a sus comunidades, sino que amplía el horizonte buscando entablar un diálogo con todos sobre la casa común (cf. LS 3). El propio texto nos presenta los ejes estructurantes que lo recorren:
“La íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.” (LS 16)
La expresión «casa común», tan fuertemente enfatizada en la Encíclica, se ha vuelto tan significativa que hoy forma parte del vocabulario habitual utilizado para referirse a los temas ecológicos. A pesar de ello, considero que la mayor aportación y novedad del texto se encuentra en la propuesta de una Ecología Integral. Con ella, el Papa va mucho más allá de una mera ecología ambiental y climática, lo cual, en sí mismo, ya es de gran importancia. Todo el capítulo IV es una invitación a ampliar los horizontes, de modo que se comprenda que la ecología integral es también una ecología económica, social, cultural y de la vida cotidiana, teniendo como preocupaciones primordiales el principio del bien común y la justicia intergeneracional.
El impacto de esta propuesta en las comunidades cristianas y en la propia reflexión de la Iglesia ha sido tan significativo que hoy suelo referirme a él mediante la expresión «Constelación Laudato Si’». La Semana LS, celebrada todos los años durante el mes de mayo; el Tiempo de la Creación, celebrado asimismo cada año del 1 de septiembre, Día Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, al 4 de octubre, memoria litúrgica de san Francisco; el Año LS, celebrado en el quinto aniversario de la publicación de la Encíclica; el Movimiento Internacional LS; la Plataforma de Acción LS; los Objetivos LS; así como las Exhortaciones Apostólicas Querida Amazonía (QA, 2020) y Laudate Deum (LD, 2023), son signos evidentes de ello.
Finalmente, con la Encíclica Fratelli Tutti (FT), tenemos el tercer pie del trípode al que me he venido refiriendo. Nuevamente inspirado por San Francisco de Asís, el Papa propone en este texto una reflexión sobre la fraternidad y la amistad social, también ella dirigida más allá de las fronteras de las comunidades cristianas. Solo un amor universal que traspase fronteras, inspirado en el Buen Samaritano, puede generar sociedades más humanas que intenten superar las divisiones, las desigualdades y los conflictos.
El Documento sobre la Fraternidad Humana en favor de la Paz Mundial y la Convivencia Común, firmado en Abu Dabi el 4 de febrero de 2019, que está, como sabemos, en la base de la declaración del Día Internacional de la Fraternidad Humana por parte de las Naciones Unidas, es mencionado por el papa Francisco como una de las inspiraciones que sustentan la Encíclica. Citándolo explícitamente, el Papa afirma que, en la búsqueda y construcción de la paz, de la justicia y de la fraternidad, se debe adoptar la cultura del diálogo como camino, la colaboración como conducta y el conocimiento mutuo como método y criterio (cf. FT 285).
Al disponerse a recorrer este camino e invitar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a hacerlo también, Francisco no teme expresar con palabras la gran motivación que está en la base de esta Encíclica:
“Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos, un deseo mundial de hermandad. Entre todos: «He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente […] Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos! […] Solos se corre el riesgo de tener espejismos, en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos». Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos (FT 8).”
A partir de estos tres textos, y recurriendo a la categoría del cuidado como categoría mayor para cartografiar el pontificado de Francisco, considero que puedo afirmar que el Cuidado de la Iglesia (EG), el Cuidado de la Casa Común (LS) y el Cuidado de lo Humano Común (FT) constituyeron el núcleo central de sus preocupaciones, hasta el punto de atreverme a afirmar que en ese cuidado podemos encontrar, quizá, la mejor clave de lectura para leer y comprender su pensamiento. En él, el cuidado de la Iglesia no brota de una centralidad autorreferencial, sino de la conciencia y convicción de que su razón de ser más profunda reside en la misión que recibió de su Señor: cuidar de la Casa Común y de lo Humano Común.
Por eso, al hablar de la identidad y la misión de la Iglesia, en lugar de afirmar que la Iglesia tiene una misión, tiendo a afirmar que la misión tiene una Iglesia, procurando con esta inversión dejar claro que la Iglesia no existe por sí misma ni para sí misma. Sinceramente, me parece que este cuidado concreta el servicio primero y primordial que la Iglesia está llamada a ser y a realizar.
02| Cuatro conversiones
Para poder concretar adecuadamente esta misión, la Iglesia está invitada a realizar un proceso de conversión en cuatro niveles. La referencia a estas conversiones la tomo de la Exhortación Apostólica QA, aunque para su comprensión es necesario hacer un encuadre previo.
El Documento Final del Sínodo de la Amazonía, titulado Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral, está estructurado en cinco capítulos. En el primero, Amazonía: de la escucha a la conversión integral, a modo de introducción, se hace referencia a la necesidad de escuchar la voz y el canto de la Amazonía, el clamor de la tierra y de los pobres, para identificar en ellos la llamada a una conversión integral. Esta conversión se concretará después en los capítulos siguientes, en los que se señalan caminos a recorrer. Así, el segundo, habla de Nuevos caminos de conversión pastoral; el tercero de nuevos caminos de conversión cultural; el cuarto de nuevos caminos de conversión ecológica y, finalmente, el quinto de nuevos caminos de conversión sinodal.
Esta reflexión será posteriormente acogida por el papa Francisco en la Exhortación Apostólica QA, como él mismo lo señala explícitamente en el nº2:
“Escuché las intervenciones durante el Sínodo y leí con interés las aportaciones de los círculos menores. Con esta Exhortación quiero expresar las resonancias que ha provocado en mí este camino de diálogo y discernimiento. No desarrollaré aquí todas las cuestiones abundantemente expuestas en el Documento conclusivo. No pretendo ni reemplazarlo ni repetirlo. Sólo deseo aportar un breve marco de reflexión que encarne en la realidad amazónica una síntesis de algunas grandes preocupaciones que ya expresé en mis documentos anteriores y que ayude y oriente a una armoniosa, creativa y fructífera recepción de todo el camino sinodal.”
Me parece evidente que el Papa acoge la intuición expresada en el Documento Final. Prueba de ello son también los cuatro capítulos en los que se divide la Exhortación, en los que se reflexiona acerca de las cuatro conversiones identificadas, aunque ahora presentadas en forma de sueño. Es el propio Papa quien invita a hacer esta lectura:
“Todo lo que la Iglesia ofrece debe encarnarse de modo original en cada lugar del mundo, de manera que la Esposa de Cristo adquiera multiformes rostros que manifiesten mejor la inagotable riqueza de la gracia. La predicación debe encarnarse, la espiritualidad debe encarnarse, las estructuras de la Iglesia deben encarnarse. Por ello me atrevo humildemente, en esta breve Exhortación, a expresar cuatro grandes sueños que la Amazonia me inspira.” (QA 6)
Y a continuación señala los sueños:
“Sueño con una Amazonia que luche por los derechos de los más pobres, de los pueblos originarios, de los últimos, donde su voz sea escuchada y su dignidad sea promovida.
Sueño con una Amazonia que preserve esa riqueza cultural que la destaca, donde brilla de modos tan diversos la belleza humana.
Sueño con una Amazonia que custodie celosamente la abrumadora hermosura natural que la engalana, la vida desbordante que llena sus ríos y sus selvas.
Sueño con comunidades cristianas capaces de entregarse y de encarnarse en la Amazonia, hasta el punto de regalar a la Iglesia nuevos rostros con rasgos amazónicos.” (QA 7)
Aunque los sueños se refieren explícitamente a la Amazonía, considero legítimo afirmar que apuntan más allá, sin limitarse a ese territorio. Afirmo esto teniendo en cuenta lo que se dice en el nº 19 del Instrumentum Laboris:
“La Amazonía – u otro espacio territorial indígena o comunitario – no es solo un ubi (un espacio geográfico), sino que también es un quid, es decir, un lugar de sentido para la fe o la experiencia de Dios en la historia. El territorio es un lugar teológico desde donde se vive la fe, es también una fuente peculiar de revelación de Dios. Esos espacios son lugares epifánicos en donde se manifiesta la reserva de vida y de sabiduría para el planeta, una vida y sabiduría que hablan de Dios. En la Amazonía se manifiestan las “caricias de Dios” que se encarna en la historia.” (cf. LS 84)
Y también lo que se afirma en el nº 147:
“En este largo recorrido del Instrumentum Laboris, se ha escuchado la voz de la Amazonía a la luz de la fe (I Parte) y se ha intentado responder al clamor del pueblo y del territorio amazónico por una ecología integral (II Parte) y por los nuevos caminos para una Iglesia profética en la Amazonía (III Parte). Estas voces amazónicas interpelan a dar una nueva respuesta a las diversas situaciones y a buscar nuevos caminos que posibilitan un kairós para la Iglesia y el mundo. Concluimos bajo el amparo de María, venerada con diversas advocaciones en toda la Amazonía. Esperamos que este Sínodo sea una expresión concreta de la sinodalidad de una Iglesia en salida, para que la vida plena que Jesús vino a traer al mundo (cf. Jn 10,10) llegue a todos, especialmente a los pobres.”
Sinceramente, me parece posible afirmar que este Sínodo, aunque se refiera a un territorio concreto, propone algo más que una reflexión para ese territorio: propone una reflexión hecha a partir de ese territorio. La Amazonía puede ser vista así, por sus características especiales, como un laboratorio donde se pueden reflexionar y ensayar nuevos caminos que pueden adaptarse a toda la Iglesia. Las conversiones mencionadas en el contexto de este Sínodo parecen, por tanto, poder ampliarse a toda la Iglesia. Cuando ahora realizo el ejercicio de mirar el pensamiento de Francisco, veo reforzada esta intuición.
03| La sinodalidad
Un ejercicio como el que aquí estamos ensayando no puede, a mi parecer, ignorar una de las dinámicas esenciales que atraviesa todo el pontificado de Francisco. Me refiero a la sinodalidad. Aunque para muchos solo se haya hecho más visible con el Sínodo sobre la Sinodalidad, lo cierto es que puede encontrarse desde el primer momento.
Incluso cuando no se menciona explícitamente, vemos cómo la preocupación de Francisco apunta siempre a la necesidad de recorrer el camino juntos: juntos para leer la realidad; juntos para descubrir en ella los signos de los tiempos, intentando discernir, a la luz del Evangelio, qué caminos tomar; juntos para tomar las decisiones necesarias que permitan recorrer esos caminos.
En este sentido, no resulta extraño lo que dijo con ocasión de la conmemoración del quincuagésimo aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos: “Desde el inicio de mi ministerio como Obispo de Roma he pretendido valorizar el Sínodo, que constituye una de las herencias más preciosas de la última reunión conciliar. Para el beato Pablo VI, el Sínodo de los Obispos debía volver a proponer la imagen del Concilio ecuménico y reflexionar sobre su espíritu y el método. El mismo Pontífice anunciaba que el organismo sinodal «se podrá ir perfeccionando con el pasar del tiempo». A él hacía eco, veinte años más tarde, san Juan Pablo II, cuando afirmaba que «tal vez este instrumento podrá mejorarse todavía. Tal vez la responsabilidad pastoral puede expresarse en el Sínodo de una forma aún más plena». Finalmente, en el 2006, Benedicto XVI aprobaba algunas variaciones al Ordo Synodi Episcoporum […]
Debemos proseguir por este camino. El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión. Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio.”
En estas palabras percibimos con claridad hasta qué punto este camino es verdaderamente fundamental para Francisco. Esto se constata también en muchos otros momentos en los que convoca al Pueblo de Dios a ayudarle a reflexionar y discernir, concretando de manera evidente lo que ya había afirmado en EG: «cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones» (n. 120).
A modo de ejemplo, señalo aquí tres de esos momentos.
La Exhortación Apostólica Amoris Laetitia (AL, 2016) es fruto de un camino sinodal en el que Francisco implicó a todo el Pueblo de Dios y que tuvo, con una novedad y creatividad significativas, dos etapas bien definidas: la III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos (2014), cuyo tema fue Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización; y la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (2015), dedicada a La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo.
También la Exhortación Apostólica Christus Vivit (CV, 2019) es resultado de una dinámica sinodal en la que los jóvenes fueron convocados e implicados de manera especial, no solo mediante respuestas a cuestionarios, sino también, y de forma muy significativa, a través de su presencia en una reunión presinodal, con la que se quiso subrayar la importancia de escucharlos desde su propia voz.
El ejemplo más elocuente a este respecto es, sin duda, el Sínodo sobre la Sinodalidad. Con el tema Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión, fue concebido inicialmente como un proceso que comenzaría en 2021 y culminaría en 2023 con una gran Asamblea sinodal. Sin embargo, el propio caminar sinodal llevó a prolongarlo, de modo que la Asamblea sinodal final tuvo dos sesiones: una en 2023 y otra en 2024. Todos tenemos aún presente cómo este camino, que pretendía implicar de manera real a todo el Pueblo de Dios, se desarrolló en diversas etapas. En la primera, todas las comunidades tuvieron la oportunidad de participar y hacer oír su voz. A continuación, vinieron las etapas nacional y continental. De esta amplia escucha surgieron los diversos documentos destinados a preparar la Asamblea sinodal que, como ya se ha indicado, terminó celebrándose en dos sesiones.
El camino fue largo y, como sabemos, no estuvo exento de dificultades y obstáculos, pero considero que en él quedó clara la importancia y la necesidad de esta forma de ser y de vivir la Iglesia. El modo en que se desarrollaron la reflexión y el discernimiento en las dos sesiones de la Asamblea Sinodal, así como la implicación de todos, también en el proceso de votación, constituyen un testimonio inequívoco de ello, que se ve aún más reforzado cuando tenemos presente que los miembros de dicha Asamblea eran expresión del conjunto de la comunidad eclesial y no únicamente de su dimensión jerárquica.
La nota del papa Francisco que acompaña el Documento Final es un testimonio mayor de la importancia que la sinodalidad tiene en el contexto de su pensamiento. En ella se lee:
“El Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos recoge los frutos de un camino marcado por la escucha del Pueblo de Dios y por el discernimiento de los pastores. Dejándose iluminar por el Espíritu Santo, toda la Iglesia ha sido llamada a leer su propia experiencia y a identificar los pasos a dar para vivir la comunión, realizar la participación y promover la misión que Jesucristo le confió.”
Y, extrayendo las consecuencias de esta realidad, continúa:
“Reconociendo el valor del camino sinodal realizado, entrego ahora a toda la Iglesia las indicaciones contenidas en el Documento final, como restitución de lo que ha madurado en estos años, a través de la escucha y el discernimiento, y como orientación autorizada para su vida y misión.
El Documento final participa del Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro (cf. EC 18 § 1; CCE 892) y pido que sea acogido como tal.”
Considero que este gesto y esta decisión son, por sí mismos, reveladores del sello sinodal que Francisco quiso imprimir a su pontificado. Con ellos comprendemos claramente que la sinodalidad no es para la Iglesia solo una metodología de trabajo y reflexión, sino que constituye, ante todo y principalmente, una manera de ser y de actuar.
04| Conclusión
En la homilía de la Eucaristía con motivo del inicio del Ministerio Petrino del Obispo de Roma, el 19 de marzo de 2013, Francisco expresó con claridad el modo como comprendía su misión y también la misión de la Iglesia.
Custodiar [cuidar] a Jesús con María, custodiar [cuidar] la creación entera, custodiar [cuidar] a toda persona, especialmente a la más pobre, custodiarnos [cuidarnos] a nosotros mismos: he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a cumplir, pero al que todos estamos llamados, haciendo resplandecer la estrella de la esperanza: ¡custodiemos [cuidemos] con amor lo que Dios nos ha dado!
Ahora que esa misión, en lo que a él se refiere, ha llegado a su término, considero que el Cuidado de la Iglesia, el Cuidado de la Casa Común y el Cuidado de lo Humano Común han sido, de hecho, el criterio fundamental de su pensamiento y de su acción, interpelando la Iglesia a realizar las conversiones necesarias en este sentido e implicando y corresponsabilizando a todos en este servicio.

