Cardenal Américo Aguiar.
Obispo de Setúbal. Portugal.
La ponencia reflexiona sobre el legado de san Juan de Dios como modelo de una atención sanitaria centrada en la dignidad, la compasión y el servicio a las personas más vulnerables. A partir de su experiencia de conversión y de la fundación de la Orden Hospitalaria, el autor propone una espiritualidad del cuidado inspirada en un Dios cercano, que se manifiesta también en la alegría, la sonrisa y la esperanza compartidas. Esta perspectiva se enriquece con referencias a la oración de santo Tomás Moro y a la imagen de un «Dios que baila», subrayando que el humor, la ternura y la humanidad forman parte esencial de la experiencia cristiana y del acompañamiento a los enfermos.
Desde su experiencia pastoral en hospitales, el autor destaca el valor de los pequeños gestos, la presencia, la escucha y el acompañamiento espiritual como elementos fundamentales para humanizar la atención sanitaria. Afirma que tanto quienes cuidan como quienes son cuidados pueden convertirse en reflejo de la sonrisa de Dios, haciendo visible su amor en medio del sufrimiento. La conferencia concluye con una llamada a fortalecer una cultura del cuidado integral, que reconozca el papel indispensable de los profesionales, voluntarios y capellanes hospitalarios en la atención no solo del cuerpo, sino también de la dimensión espiritual de la persona.
Palabras clave: Sonrisa, Humor, Atención pastoral, Espiritualidad
This paper reflects on the legacy of St John of God as a model of healthcare centred on dignity, compassion and service to the most vulnerable. On the basis of the saint’s conversion [MG1.1]experience and the founding of the Hospitaller Order, the author proposes a spirituality of care inspired by a God who is close to us and who is also manifested in shared joy, smiles and hope. This perspective is enriched by references to the prayer of St Thomas More and to the image of a “dancing God”, emphasising that humour, tenderness and humanity form an essential part of the Christian experience and of the support the sick.
Drawing on his pastoral experience in hospitals, the author highlights the value of little gestures, presence, listening and spiritual support as fundamental elements in humanising healthcare. He asserts that both those who care for others and those who are cared for may become a reflection of God’s smile, making his love visible in the midst of suffering. The talk concludes with a call to strengthen a culture of integral care that recognises the indispensable role of healthcare professionals, volunteers and hospital chaplains in caring not only for the body but also for the spiritual dimension of the person.
Keywords: Smile, humour, pastoral care, spirituality
«La sonrisa de Dios también se manifiesta
en la risa compartida entre quien cuida y quien es cuidado»
01/1 La historia de San Juan de Dios
Siempre es bueno tener la oportunidad de conocer o recordar la vida de un santo. Y quiero empezar precisamente por recordar algunos datos sobre la vida de san Juan de Dios: nació en 1495, en Montemor-o-Novo, y conocemos los nombres de su padre y su madre, Andrés y Teresa.
Sabemos que un sacerdote lo llevó a España a los ocho años y, desde entonces, su vida estuvo marcada por el trabajo de pastor y de militar, con idas y venidas a España. Pero el acontecimiento que marcó su destino, su conversión, tuvo lugar en Granada, cuando, tras escuchar los sermones del padre san Juan de Ávila, confesó públicamente todos los errores de su vida pasada y recorrió la ciudad hiriéndose con piedras y manchándose el rostro con barro. Fue entonces considerado loco e internado en un manicomio, donde permaneció durante algún tiempo.
Más sereno, y con la ayuda de san Juan de Ávila, Juan salió del manicomio y fue a visitar el Monasterio de Guadalupe. Regresó a continuación a Granada, donde fundó en 1539 un hospital para enfermedades contagiosas e incurables. A partir de entonces se dedicó al servicio en este hospital. El papa León XIV lo menciona en su primera y reciente Exhortación Apostólica DILEXI TE, en el número 50: «En el siglo XVI, san Juan de Dios, al fundar la Orden Hospitalaria que lleva su nombre, creó hospitales modelo que acogían a todos, independientemente de su condición social o económica. Su famosa expresión —«¡Haced el bien, hermanos!»— se convirtió en el lema de la caridad activa con los enfermos».
Se había iniciado un camino de total dedicación a los enfermos, que se materializó en la fundación de la Orden de los Hermanos Hospitalarios, presente en todo el mundo y que hoy nos reúne aquí.
A menudo me pregunto: ¿qué sería del mundo sin hombres y mujeres como san Juan de Dios, que se dejaron y se dejan conmover por el sufrimiento, la pobreza y la fragilidad de hombres y mujeres en todo iguales a nosotros…?
También me pregunto por los momentos de alegría y paz que habrán sentido a lo largo de sus vidas, tantas veces puestas a prueba por el dolor y la incomprensión… pero creo profundamente que san Juan de Dios debió de sonreír muchas veces a sus enfermos…
01/2 La alegría como expresión de la fe
Al leer la invitación que me dirigieron, recordé de inmediato la oración que el papa Francisco nos pidió que recitáramos todos los días, una oración escrita por Santo Tomás Moro:
Señor,
dame una buena digestión, pero también algo que digerir.
Dame salud corporal, pero también el buen humor necesario para mantenerla.
Dame, Señor, un alma sencilla, que sepa aprovechar todo lo que es bueno y que no se asuste cuando llegue el mal, sino que encuentre la manera de poner las cosas en su sitio.
Dame un alma que no conozca el aburrimiento ni las quejas, los suspiros y los lamentos, y no permitas que me atormente demasiado con esa cosa tan incómoda llamada «yo».
Dame, Señor, sentido del humor.
Amén.
Al igual que de un libro de oraciones, publicado hace ya algún tiempo, cuyo título nunca he olvidado: «Un Dios que baila, itinerarios para la oración». Oraciones escritas por un poeta, el cardenal Tolentino de Mendonça, que escribe sobre un Dios que baila y que nos remiten a una cercanía con nuestro Padre del Cielo, muy bella y expresiva.
01/3 La sonrisa de Dios en el servicio a los demás
Aunque no soy poeta, quiero hablaros de un Dios que nos hace sonreír y reír a carcajadas. Un Dios que sonríe como una madre sonríe a su hijo recién nacido, un Dios que sonríe como nuestro mejor amigo cuando escucha por enésima vez la misma historia, un Dios que sonríe como un padre al ver a su hijo jugar al balón… Hay sonrisas que nos anuncian la belleza de la eternidad, la dulzura de la maternidad, la certeza de que estamos destinados a mucho más que este mundo en el que vivimos y que estropeamos una y otra vez con los mismos errores, las mismas guerras, las mismas quejas, suspiros y lamentos de los que nos habla la oración que os he leído.
No soy poeta, pero de niño tenía un sueño: ser payaso. Y sé por qué lo deseaba… siempre me ha gustado ver sonrisas y gente feliz a mi alrededor. Para un niño de una tierra del norte, los payasos eran esas personas fantásticas que nos hacían reír a carcajadas con solo verlos. La vida no me llevó a ningún circo, pero me condujo al seminario y me trajo hasta vosotros. Con el mismo sueño de hacer felices a las personas que me rodean. También por esta razón, me gusta tanto el título de estas Jornadas y el reto de encontrar la sonrisa de Dios en la risa compartida entre quien cuida y quien es cuidado.
01/4 Humanizar la atención sanitaria
Me gusta pensar que cuidar es un privilegio y que ser cuidado es un abandono en manos de los demás y, por tanto, en manos de Dios.
Sé muy bien que los días de hoy solo nos hablan de fallos, de carencias, de problemas insuperables, de errores del pasado y del presente; puede que muchas cosas sean ciertas, pero cada día hay miles de manos que cuidan de miles de vidas entregadas a su cuidado.
No podemos hablar del mundo de la salud sin insistir en afirmar lo bueno, lo bello y lo positivo que ocurre cada día. He trabajado en el mundo de los medios de comunicación y conozco la importancia de los dramas, el impacto de los accidentes, la búsqueda de culpables, en las audiencias…; pero debemos aprovechar todas las oportunidades para afirmar que existe otra cara de la moneda. Y en esa otra cara están los profesionales de la salud, los voluntarios de los hospitales, los cuidadores. Les pido este cuidado, el de llamar siempre la atención sobre el bien que ocurre, sobre las sonrisas y las risas que siguen dando ánimos y esperanza a los enfermos.
San Juan de Dios abrió nuevos caminos y conmovió corazones, permitiendo que los enfermos abandonados y marginados fueran vistos como personas de carne y hueso; santa Teresa de Calcuta buscó a los moribundos y los llevó a su casa, para que murieran con la dignidad que todos merecen; y así sucedió y sucede con tantos hombres y mujeres que lograron y logran que el amor se haga palpable, coherente, activo, consecuente.
01/5 El valor de los pequeños gestos
En esta transformación de la vida y de las vidas, quiero destacar tres puntos:
- La importancia de estar atentos a los gestos discretos;
- La importancia de las pequeñas cosas;
- La importancia de los afectos que se traducen en sonrisas.
Atención, humildad, sonrisas… Durante mi etapa como capellán de hospital (Hospital da Prelada – Santa Casa da Misericórdia do Porto y Hospital Conde de Ferreira) y ahora, como capellán nacional de los bomberos, he pasado algunas horas sentado junto a los enfermos.
Sé por experiencia propia lo que es percibir un pequeño gesto que pide agua o revela un dolor; conozco el valor de un simple «Padre Nuestro» rezado con un bombero quemado o de un simple rosario que se recibe como un tesoro; las pequeñas cosas, los gestos discretos que tienen lugar en los pasillos de los hospitales, en las habitaciones de los enfermos, en tantas salas…
Sé por experiencia propia cómo nos consuela la sonrisa de un niño enfermo, de una madre que mantiene la esperanza o de un marido que no deja de animar a su mujer.
A menudo pienso en cómo sería la sonrisa de Jesús, sus carcajadas… Me imagino que, al entrar en casa de sus amigos, los saludaría con una sonrisa; que durante las comidas habría momentos de risa; que, al dejar que los niños se le acercaran, también estaría feliz y sonriente
Si Él, nuestro Maestro, Jesús, que nos reúne, nos llama, nos envuelve, nos desafía a dar más y mejor, era así, sin duda espera algo similar de nuestra parte.
Seamos pacientes o cuidadores, médicos o auxiliares, mayores o jóvenes, a todos se nos pide la capacidad de amar a los demás; es una capacidad que se conquista a diario, que resulta especialmente exigente para quien goza de salud y atiende a quien la ha perdido.
01/6 Nosotros somos la sonrisa de Dios
En realidad, nosotros somos la sonrisa de Dios. En los pasillos de los hospitales, junto a la cama de los enfermos, al consolar a padres, maridos y mujeres, nosotros somos la sonrisa de Dios. Y también es cierto que los enfermos, los más frágiles, los debilitados en cuerpo y alma, también son la sonrisa de Dios, y también pueden llenarnos el corazón de alegría y esperanza.
No quiero parecer demasiado poético —no soy poeta— ni inocente ni soñador. No hay nada más palpable que el dolor físico y el sufrimiento. Pero mi fe, mi certeza de que Jesús está vivo entre nosotros, me pide que os diga que es posible, urgente y decisiva la certeza de que «la sonrisa de Dios también se revela en la risa compartida entre quien cuida y quien es cuidado».
Que vengan los médicos payasos, los visitantes, los hospitales humanizados por las personas y por sus paredes. Que vengan los médicos, las enfermeras, el personal auxiliar, los conductores de ambulancias, los paramédicos, que vengan todos. Hay una multitud de personas que os espera cada día, que necesita a cada uno de vosotros para vivir un día más, para sonreír a la hora de las visitas, para tener la esperanza de salir por su propio pie de esa habitación, de esa sala o de ese hospital. Que vengan las risas, las sonrisas y las carcajadas. Que venga el silencio, la espera. Que vengan todos y todo, pero de una forma nueva, plena, capaz de dar fruto.
Por último, quizá porque se espera que lo diga, quizá porque sea necesario y, sin duda, porque estoy convencido de su importancia, seamos capaces de preservar y defender el papel de los capellanes hospitalarios y el acompañamiento de los enfermos de sus diferentes religiones. Cuidar de una vida es también cuidar de su alma. San Juan de Dios dedicó toda su vida a esta certeza.

