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01 | Num.329
Apuntes de antropología bíblica
de la fraternidad en tiempos de pandemia por COVID-19.

Juan Luis de León Azcárate
Profesor titular de Sagrada Escritura. Facultad de Teología. Universidad de Deusto. Co-Director del “Experto en Humanización de la salud y acompañamiento espiritual en los ámbitos social y sanitario”. Facultad de Teología. Universidad de Deusto.

La pandemia de COVID-19 que desde hace al menos un año azota al mundo está mostrando, además de la propia fragilidad humana, que los seres humanos estamos estrechamente relacionados y nos necesitamos mutuamente, incluso aquellos que han optado por una vida más individualista o misántropa. Sin el concurso y responsabilidad mutua de todos no será posible superar esta grave crisis. Esta necesidad de mutualidad y solidaridad que la pandemia ha evidenciado con toda su crudeza ya era reconocida en la antropología bíblica y se expresa en un término muy querido de la teología cristiana que el Papa Francisco ha puesto de actualidad en su última encíclica “Fratelli tutti” (2020): fraternidad. El artículo presenta tres hitos que ilustran este concepto a lo largo de la Biblia: la humanidad hermanada en dignidad, el pueblo de Israel como un pueblo de hermanos y la nueva fraternidad inaugurada por Jesús de Nazaret.
 
Palabras clave: fraternidad, antropología, Biblia, salud, COVID-19.
The COVID-19 pandemic that has plagued the world for at least a year is showing, in addition to human fragility itself, that human beings are closely related and need each other, even those who have opted for a more individualistic or misanthropic life. Without the cooperation and mutual responsibility of all, it will not be possible to overcome this serious crisis. This need for mutuality and solidarity that the pandemic has demonstrated in all its harshness was already recognized in biblical anthropology and is expressed in a term much loved by christian theology that Pope Francis has made current in his last encyclical «Fratelli tutti» (2020): fraternity. The article presents three milestones that illustrate this concept throughout the Bible: humanity twinned in dignity, the people of Israel as a people of brothers, and the new brotherhood inaugurated by Jesus of Nazareth.
 
Key words: Fraternity, Anthropology, Bible, Health, COVID-19.

01 | Una humanidad hermanada en dignidad

El relato de Gn 1,1-2,3, perteneciente a la tradición sacerdotal del Pentateuco o Torá, muestra el plan divino originario para la humanidad. No hay que leer este relato de creación, cuyo género literario es el mito-poético, como una descripción del origen y proceso de formación del universo, sino como un relato que quiere enseñar, en clave religiosa o teológica, cómo deben ser las relaciones entre Dios, los seres humanos y el mundo. 

En él se describe el universo como una realidad totalmente buena para el beneficio de todos los seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios (Ruíz de la Peña, 19963ª), sin distinción alguna por raza, sexo, origen ni estatus social. Lo humano es tan próximo a Dios, casi tan íntimo, que hace exclamar al salmista, sorprendido y maravillado: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él te cuides? Apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y esplendor” (Sal 8,5-6). 

Todo es creado para el bienestar pleno de toda la humanidad, sin excepciones, en un marco equilibrado de respeto hacia el resto de creaturas (cf. Gn 1,30). El proyecto divino presupone una humanidad hermanada en dignidad en un mundo armónico y sostenible, lo que conlleva implícitamente una corresponsabilidad ética entre todos los seres humanos. Malaquías (en hebreo, “mi mensajero”), profeta anónimo de los siglos V o IV a. C., vislumbró las consecuencias de esta creación del ser humano: “¿No tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado el mismo Dios? ¿Por qué entonces nos traicionamos unos a otros, profanando la alianza de nuestros padres?” (Mal 2,10).

Que, desde un punto de vista bíblico y teológico, los seres humanos están llamados a ser humanos entre sí lo muestra, aunque de modo antitético, el relato del asesinato de Abel por Caín (Gn 4,1-16). El primer episodio de violencia que se relata en la Biblia canónica es, precisamente, un fratricidio. El primer homicidio viola la vocación humana a la fraternidad. Toda violencia entre humanos resulta ser una violencia entre hermanos y, por tanto, deshumanizante. La pregunta de Yahvé a Caín tras el asesinato, “¿Dónde está tu hermano Abel”?” (Gn 4,9), resuena como una llamada constante a los hombres y mujeres de todos los tiempos a ser hermanos entre sí y a preocuparse unos de otros. En definitiva, una llamada a la fraternidad universal.

Desde una perspectiva sociosanitaria, puede decirse que el proyecto divino para la humanidad es íntegramente sano y saludable.

En la tradición hebrea el término shalom (“paz”) es el que mejor designa este bienestar integral de la persona. A diferencia de la visión popular occidental, que entiende la paz como ausencia de conflictos, sean estos familiares, sociales o políticos, la mentalidad semítica en general entiende la paz desde una perspectiva más amplia y positiva. 

La raíz šlm, de la que deriva shalom, significa “estar completo/íntegro”, “estar colmado”. Cuando un israelita usaba el término shalom estaba deseando a la otra persona una plenitud en todos los ámbitos (personales y sociales): salud, bienestar, felicidad, prosperidad; en definitiva, la “plenitud” de la vida humana. Para el antiguo Israel, Dios es la principal fuente de salud: “porque yo soy Yahvé, el que te sana” (Ex 15,26; cf. Dt 32,39; Brown, 1995; De León, 2011). 

Los profetas esperan que en un futuro utópico Yahvé haga desaparecer toda enfermedad (cf. Is 29,18; 35,5-6; Olyan, 2008, 85-89).

apuntes de antropología bíblica de la fraternidad

El hermanamiento en dignidad no se limita únicamente a los individuos. En la Biblia pueden encontrarse referencias que apuntan a un ideal de hermanamiento entre los pueblos y naciones, pese a que la historia de Israel y de las primeras comunidades cristianas estuvo afectada por el sometimiento a potencias imperiales, y a que incluso algunos textos bíblicos muestran cierto rechazo a otros pueblos debido a conflictos históricos. Así, la genealogía de Gn 10 presenta a los pueblos emparentadas entre sí en un mismo árbol genealógico, el de los descendientes de Noé, todos en un plano de igualdad. En Dt 32,8 se afirma que Dios “fijó las fronteras de los pueblos, según el número de los hijos de Dios”, de modo que ningún pueblo puede pretender ampliar su territorio a costa de otro. Una velada crítica a los imperialismos expansionistas. El reconocimiento de la igual dignidad de las personas se extiende así a los pueblos y naciones.

Esta visión bíblico-teológica de la humanidad tiene consecuencias para el ámbito sanitario. El actual contexto de pandemia por COVID-19, pese al gran esfuerzo realizado por los líderes y seguidores de las grandes religiones en favor de los más vulnerables (De León, 2020), está provocando el aumento de desigualdades, de modo especial en los países en desarrollo (Ferrer, 2020; Valente, 2020) en los que “se están multiplicando la precariedad, la exclusión y la desigualdad” (Alboan, octubre 2020), pero también en los desarrollados como el nuestro donde los colectivos más afectados por esta creciente desigualdad son los formados por las personas más jóvenes, las de menos ingresos y las inmigrantes (Caixabank Research, noviembre 2020).

La proclama bíblica a favor de la igual dignidad de personas y pueblos debiera ser una firme llamada a las instituciones y organismos, nacionales e internacionales, para que se comprometan a mejorar la sanidad de los países más vulnerables y garantizar que las vacunas contra la COVID-19 puedan ser accesibles a todos, “de manera justa y equitativa, dando prioridad a los más necesitados” (Comisión Covid-19 del Vaticano y Academia Pontificia para la Vida, 29 de diciembre 2020).

El director de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, denunció recientemente la dispar situación en relación a las vacunas y ha advertido que “el mundo está al borde de un fracaso moral catastrófico” (Redacción BBC News Mundo, 19 de enero 2021).

02 | Israel, pueblo de hermanos

El pueblo de Israel explica sus orígenes desde dos narrativas diferentes que, sin embargo, quedan unidas en los relatos bíblicos: Israel como descendiente de Abrahán (historia de los patriarcas; Gn 12-50) e Israel como pueblo oprimido en Egipto y liberado por Yahvé (Ex 1-15). En ambas podemos ver visos de fraternidad. En los relatos patriarcales el origen de Israel se explica a través de la historia de una familia cuyo patriarca fundacional es Abrahán, y que va creciendo en medio de muchas dificultades hasta convertirse en un gran pueblo. Pero los protagonistas de esta familia no son sólo individuos. Representan a pueblos; así, por ejemplo, los hijos de Jacob resultan ser epónimos de las tribus de Israel, y Jacob representa al pueblo de Israel como su hermano Esaú al pueblo de Edom.

Las historias patriarcales describen los orígenes de Israel y de los pueblos vecinos con los que históricamente ha tenido relaciones como la historia de una gran familia en la que todos estaban emparentados desde sus orígenes.

Relatos que muestran la ambigüedad y tensiones de las relaciones intrafamiliares, pero que invitan a la generosidad (la de Abrahán con Lot; Gn 13) y a la reconciliación (la de Jacob y Esaú, Gn 33; la de José y sus hermanos, Gn 37-50); en definitiva, a la solidaridad y fraternidad (Alonso-Schökel, 19973ª).

La otra narrativa sobre los orígenes de Israel extiende la fraternidad al ámbito social y político. La liberación y salida de Egipto tiene como objetivo la constitución de una nueva forma de sociedad, totalmente diferente a la que había sufrido la opresión. Debía ser descentralizada y sin clases sociales. Pero en el siglo IX a. C. se manifiesta una gran diferencia entre ricos y pobres, que va en aumento en el siglo VIII hasta convertirse en uno de los problemas más graves del período monárquico, denunciado por los profetas de Israel (Sicre, 1984, 72-83).

Ante esta situación, la reforma deuteronómica abogará por una sociedad solidaria, igualitaria y sin pobres que se constituye como un “pueblo de hermanos” (García López, 2012, 75-79; Pontificia Comisión Bíblica, 2020, nn. 242-245; Wolff, 1975, 249-254), como dan muestra de ello los denominados textos de “fraternidad” del Deuteronomio, así llamados por la aparición en ellos de la expresión “tu hermano” (cf. Dt 13,7; 15,3-12…). Ni el rey puede considerarse superior a sus “hermanos” (cf. Dt 17,20). Según la tradición sacerdotal, al hermano-prójimo no hay que odiarlo sino amarlo como a uno mismo (Lv 19,17-18). De trasfondo está un Dios que ama no únicamente a los miembros de su pueblo Israel, y de modo especial a los más vulnerables de la sociedad de la época (el pobre, el huérfano y la viuda), sino también a los forasteros que residen en él: “porque Yahvé vuestro Dios es el Dios (…) que hace justicia al huérfano y a la viuda, que ama al forastero y le da pan y vestido. (Amaréis al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto.)” (Dt 10,17-19). Este amor exige no hacer acepción de personas, sean israelitas o forasteros residentes (Dt 1,16-17).

Sin embargo, como sucede con la historia humana, no siempre Israel pudo hacer realidad este proyecto. Las incoherencias de la política nacional y las invasiones imperiales lo impidieron.

03 | Jesús, sanador para una comunidad y sociedad fraternas e inclusivas

El proyecto de fraternidad del antiguo pueblo de Israel se enriquece y amplía, con Jesús de Nazaret, a toda la humanidad. Con Jesús se inaugura una nueva forma de fraternidad. Más allá del parentesco biológico, los auténticos “hermanos” de Jesús son aquellos que oyen y cumplen la palabra de Dios (Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21). Llama a los discípulos “hermanos” porque son hijos del mismo Padre celestial (Mt 23,8-9; cf. Jn 20,17). 

La soberanía de Dios está orientada hacia la fraternidad y la justicia. En el relato del Juicio Final (Mt 25,31-46), Jesús subvierte las imágenes del poder imperial y del honor de la época al identificar al Hijo del hombre con los necesitados y vulnerables a los que llama “hermanos míos” (Mt 25,40). 

La única pauta para acceder al Reino de los Cielos es el comportamiento tenido con estas personas desprovistas de todo honor. Jesús subraya la necesidad de, antes que realizar cualquier ofrenda a Dios, reconciliarse con el “hermano” al que se ha ofendido (Mt 5,23-24).

Según los evangelios, Jesús realizó hechos extraordinarios entre los que destacaban curaciones a personas con distintas enfermedades. En sus acciones sanadoras, Jesús toca o se deja tocar incluso por aquellos enfermos que social y religiosamente eran considerados impuros, como los “leprosos” (Mc 1,41; Mt 8,3; Lc 5,13), la hemorroísa (Mc 5,27-28) o la hija de la mujer sirofenicia (Mc 7,24-30; Mt 15,21-28), una extranjera pagana. Estas sanaciones de Jesús van más allá del ámbito estrictamente sanitario. 

Son signos del Reino de Dios. Jesús no restituye únicamente la salud física, individual. En la visión cultural de la época, la enfermedad era no sólo una disfunción física (Pilch, 2000). 

Afectaba a la vida social y religiosa del enfermo, muchas veces de forma negativa, dado que podía verse rechazado social e incluso religiosamente. De ahí que Jesús no solo cura la enfermedad, sino que en varias ocasiones acaba diciendo: “tu fe te ha salvado, vete en paz” (Mc 5,34; Lc 8,48; Mc 10,52; Lc 7,50; 17,19).

Se trata de la misma shalom (en griego, eirene) de la tradición judía. En Jesús parecen cumplirse las esperanzas escatológicas de los profetas que esperaban que Yahvé hiciera desaparecer toda enfermedad: “los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Mt 11,5; cf. Lc 4,18).

Las acciones sanadoras de Jesús enseñan que la presencia de Dios en el mundo (cf. Lc 11,20) se manifiesta de modo especial en la compasión con los pobres y oprimidos (Schlosser, 2005, 131-148; Smiles, 2020), a la vez que muestran cómo de inclusiva debe ser una sociedad que asume los valores del Reino de Dios.

Una sociedad nueva, más sana y fraterna, en la que nadie sea estigmatizado por falta de salud o por prejuicios sociales y religiosos, en la que “los últimos serán los primeros” (Mt 20,16).

La parábola del buen samaritano (Lc 10,29-37), que rompe los esquemas religiosos judíos de la época, es un claro ejemplo de superación de estos prejuicios.

Tras la muerte y resurrección de Jesús, el apelativo “hermano” se hace corriente entre los primeros cristianos, que intentan vivir como tales compartiendo todo (Hch 2,42.46). Pablo exhorta a los cristianos a amarse mutuamente (Rom 12,10; 1 Tes 4,9-10), siendo “uno en Jesús” (Gal 3,28) y “Cristo en todos” (Col 3,11). Una fraternidad para la libertad: “Para ser libres nos ha liberado Cristo… Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad” (Gal 5,1.13).

La Primera Carta de Juan resume las exigencias de esta solidaridad fraterna en el amor mutuo, incluso entregando la vida por el hermano (1 Jn 1,9-10; 3,11-16), y la Primera Carta de Pedro define a la Iglesia como “fraternidad” (adelphotés; 1 Ped 2,17; 5,9).

Esta vida fraterna lleva a la solidaridad con los enfermos. En la época del Imperio romano la responsabilidad de la salud era un asunto privado o familiar, salvo que afectara a la administración: los médicos eran necesarios para servir al ejército y actuar como peritos en casos de asesinato o lesión grave.

Sin embargo, esto no fue así en las comunidades cristianas, preocupadas por la salud y el bienestar de todos sus miembros (Nutton, 20132ª, 27).

La acogida inclusiva por parte de los cristianos a todo tipo de enfermos, incluidos los apestados con los que en ocasiones entraban en contacto físico siguiendo el ejemplo de Jesús, pudo verse como una amenaza pública al facilitar la transmisión de las enfermedades, sobre todo en una época en la que las pandemias solían ser devastadoras, pero era un ejemplo de cuidado y empatía hacia los más vulnerables y desfavorecidos que sigue siendo necesario hoy (Dube, 2020).

A modo de conclusión

En definitiva, desde la perspectiva de Jesús, vivir como hijos del Padre supone amar y ver a los demás como hermanos, lo cual conlleva capacidad de compasión y solidaridad, y de perdón e indignación ante la injusticia. En la medida que se viva esto, se recupera la humanidad, que se reconoce fraterna, amada y salvada por Dios, y el Reino de Dios se hace realidad (Arens, 2011, 240).

Ver a los demás como hermanos o prójimos no es fácil, sobre todo cuando están lejos y no hay trato personal, máxime en un contexto de pandemia como el actual en el que al “otro”, enfermo o no, se mira a veces con sospecha y precaución por miedo al contagio. Sin embargo, el cristiano, la comunidad cristiana en su conjunto, debe salir al encuentro del que sufre, del enfermo, de la persona vulnerable; incluso, salvando las debidas medidas profilácticas, del enfermo por COVID-19 al que en ocasiones se estigmatiza y culpabiliza por su supuesta irresponsabilidad.

En este sentido, los profesionales de la salud, creyentes o no, son un ejemplo del ideal de fraternidad. Trabajan para todas las personas, aun sin conocerlas, sin hacer distinción, sin juzgarlas. Este trato humanitario e igualitario puede verse como un anticipo de esa plena fraternidad que el mensaje cristiano invita a construir. Gracias a todos ellos por su abnegada labor y ejemplo.

Bibliografía

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