de la misericordia de Dios
Jesús Etayo, O.H.
Licenciado en Estudios Eclesiásticos. Diplomado en Enfermería. Máster europeo en Bioética.
Superior Provincial de España. Orden Hospitalaria San Juan de Dios. Madrid (España)
El presente artículo trata de exponer la experiencia acerca del Papa Francisco, desde la humilde visión y desde la coincidencia que hizo que prácticamente el tiempo como superior general de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios coincidiera con el tiempo del pontificado de Francisco. El autor fue elegido el 1 de noviembre de 2012 y finalizó su mandato, precisamente, el 1 de noviembre de 2024. El Papa Francisco fue elegido el 13 de marzo de 2013 y falleció el 21 de abril de 2025. Fue un periodo excepcional para la Iglesia que movió sus propios cimientos y su aire nuevo alcanzó también la vida consagrada y a la querida Orden Hospitalaria. Para el hermano Etayo fue una gracia vivir este tiempo y coincidir con su pontificado, fue un privilegio poder conversar personalmente con él, saludarle en un buen número de ocasiones y asistir a muchas audiencias, entre la que destaca la que concedió a los miembros del Capítulo General de la Orden el 1 de febrero de 2019.
Palabras clave: Papa Francisco, Misericordia, Fraternidad, Misión, Compasión
This article presents, in a humble way, the experience with Pope Francis of a man whose time as Superior General of the Hospitaller Order of Saint John of God coincided very closely with that of Francis’s pontificate. The author was elected on 1 November 2012 and his term ended on 1 November 2024. Pope Francis, for his part, was elected on 13 March 2013 and passed away on 21 April 2025. This was an exceptional period for the Church, deeply impacting its foundations while also breathing fresh air into consecrated life and into our beloved Hospitaller Order. It was a grace for brother Etayo to experience this time and to carry out his functions during Pope Francis’s pontificate,
and he was privileged to be able to speak personally with the Pope, to greet him on a number of occasions and to attend many of his audiences, notably including the one granted to the members of the General Chapter of the Order on 1 February 2019.
Keywords: Pope Francis, Mercy, Brotherhood, Mission, Compassion
01 | Un tiempo de gracia y de muchos frutos para la Iglesia.
El tiempo del Papa Francisco lo considero un tiempo “nuevo”, de inflexión, de cambio. La Iglesia vivía tranquila, quizá demasiado tranquila, los efluvios del Concilio Vaticano II se habían ido disipando, incluso algunos lo cuestionaban. Por otra parte, habían aparecido con fuerza otros grandes desafíos que cada vez era más difícil abordarlos “a la vieja usanza”, como es el tema de los abusos, el clericalismo, la intervención de la Iglesia en el mundo a favor de los pobres, emigrantes y otros muchos retos, a los que no se daba adecuada respuesta.
La Iglesia en definitiva seguía anclada en el paradigma antiguo, sin muchas novedades “que echarnos a la boca” y con poca significación e influencia en la vida real de los fieles y del mundo.
En ese contexto apareció Francisco, que desde el inicio comenzó a ofrecer signos visibles y claros de lo que deseaba hacer en la Iglesia. Deseaba una Iglesia más pobre, más fraterna y sobre todo más misionera, evangelizadora, descentralizada y enviada a la periferia para llevar la buena noticia del Evangelio[1]. Deseaba una estructura eclesial más sencilla y humilde, menos clerical, más sinodal y más moderna y transparente en sus obras y también en sus representantes.
Le tocó afrontar el asunto de los “abusos” y lo hizo sin temblarle la mano, creando las estructuras necesarias y sobre todo estableciendo el criterio de “tolerancia cero”[2] para cualquier situación de abuso, fuese quien fuese. Ciertamente creó mucho dolor, probablemente no llegó a todo, porque en ocasiones se siguen produciendo posturas de ocultamiento o prácticas antiguas, pero el paso que dio fue enorme. Podemos decir que fue una gracia y uno de los frutos más importantes, porque el abuso es la antítesis del amor cristiano.
Ciertamente esto llegó a todas las capas de la Iglesia y también a nuestra Orden, que en algunos lugares habían sufrido con mucho dolor este azote. Nos tocó asumir la llamada del Papa a trabajar para erradicar esta lacra, para elaborar los protocolos necesarios, para hacerlo con transparencia, para denunciar los casos que fuera necesario, para formarnos en esta materia y para asumir las responsabilidades de los posibles abusos que pudiesen implicar a cualquier miembro de nuestra institución.
La reestructuración de la curia romana fue uno de los objetivos de Francisco, que seguramente no completó en su totalidad, pero en la que trabajó con mucho empeño, proponiendo una curia más sencilla, al servicio de la Iglesia, sin privilegios y en la que la mujer tuviese más protagonismo. Menciono solamente algunos gestos que trajeron verdaderos “vientos de cambio”: La incorporación real de laicos en la vida de la curia romana, como el caso del Prefecto de la Secretaría de Economía, Dr. Maximino Caballero, que sucedió al P. Jesuita Juan Antonio Guerrero, que ejerció ese cometido como religioso sin honores de obispo ni cardenal por opción propia.
Francisco inició un camino de mayor protagonismo de la mujer en la Iglesia. Son muchos los casos, quizás los más destacados han sido el nombramiento de Sor Simona Brambilla como Prefecta del Dicasterio de la Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica y Sor Raffaella Petrini como presidente del Governatorato del Vaticano. El 13 de julio de 2022 nombró por primera vez a tres mujeres como miembros del Dicasterio para los obispos, así como otros cargos importantes en distintos Dicasterios y Oficios de la Santa Sede. Evidentemente hay otros muchos ejemplos en todos los Dicasterios, lo cual ha propiciado que también se vayan extendiendo en toda la Iglesia. Un camino, sin embargo, que tiene mucho recorrido por realizar.
La sinodalidad[3] fue un tema en el que se implicó muchísimo, cambiando algunas normas de los Sínodos, dando entrada incluso con derecho a voto a religiosos y religiosas, también a seglares. Su propuesta de una vuelta a lo que fue la primitiva Iglesia que, funcionaba desde la sinodalidad fue muy decidida. Se trata de un cambio copernicano que necesita mucho tiempo para su implantación definitiva. Algunos no terminan de aceptarla, pero creo que ha sido una novedad traída por el Espíritu del Señor y que la Iglesia debe aprovechar para salir de unas estructuras y formas obsoletas que la rigen desde el constantinismo.
También a la vida consagrada y a nuestra Orden, nos ha llegado esa llamada de Francisco para revisar y aplicar la sinodalidad[4] a nuestras estructuras y a nuestra forma de gobernanza y organización. Hemos de caminar juntos y se ha de escuchar a todos cuantos formamos parte de la institución, para llevar adelante nuestra misión, siguiendo el camino que nos marca el Espíritu Santo. Estructuras menos jerárquicas y más horizontales de colaboración y participación, transparentes y abiertas, son frutos que provienen de este nuevo paradigma eclesial de la sinodalidad y que como hemos señalado antes, trabajó por ponerlos en marcha con muchas acciones y signos, que dejaron claro a la Iglesia y al mundo que habían entrado “vientos de cambio”.
02| Sed despertadores de la Iglesia y del mundo
Es una expresión que le oí por primera vez en un encuentro con los superiores generales en el aula sinodal de los obispos, donde con relativa frecuencia, cada año o cada dos años solía recibirnos y durante tres horas, de una forma muy abierta, -decía, cerrad las puertas y así hablamos abiertamente- respondía a las preguntas que previamente le habíamos preparado y hablaba de otras cuestiones que consideraba oportunas.
En noviembre de 2013[5], fue el primer encuentro y entre otras muchas cosas nos decía esta expresión: Sean despertadores del mundo, con una vida basada en el poder renovador del Evangelio y no en la comodidad, siendo profetas y testigos del seguimiento de Jesús, que salven a los jóvenes y a la sociedad de una visión triste y sin esperanza.
Usó muchas veces esta expresión. Ser despertadores implica una renovación de la vida consagrada, que debe ser enfocada desde la fraternidad, la vida comunitaria y la misión, superando la comodidad y la inercia del mundo. Una vida consagrada que debe superar lo que llamaba “la autorreferencialidad”, vivir demasiado pendiente de sí mismo, en definitiva, egoístamente.
Es un detalle nada más que deseo subrayar de las muchas cuestiones que Francisco habló a la vida consagrada. Me marcó porque también era una cuestión que veía entre nosotros. Da tristeza observar en ocasiones a religiosos que han dado su vida por el Evangelio, que cuando llega la jubilación parece que han perdido su sentido y su vocación y viven pasando la vida centrados en sí mismos, perdiendo tantas oportunidades de seguir sirviendo a la misión, desde otras realidades, a través del ministerio de la presencia[6].
Esto, que sucede también en religiosos más jóvenes, hace que nuestra vida religiosa parece que vaya perdiendo fuelle, fuerza y que se vaya quedando sin espacio en la Iglesia y en el mundo. Redescubrir nuestra misión profética es una gracia y un fruto que nos viene también de este papado. Sed despertadores, sonad para que el mundo descubra el amor de Dios, para que el mundo descubra y se dé cuenta de la necesidad que tiene de fraternidad, de compasión, de ternura, de vida ofrecida por Cristo. Esta misión, en el centro y en la periferia, hace que podamos redescubrir la vocación y la misión a la que somos llamados los consagrados, desde gestos sencillos y proféticos, más que desde grandes y espectaculares acciones. Desde la sencillez y la fragilidad somos llamados a despertar al mundo, que no escucha porque está inmerso en el ruido de los bombardeos y los egoísmos.
03| La Iglesia es un camino ancho en el que tienen cabida diferentes sensibilidades
Una nota característica de Francisco fue la sencillez y la coherencia con una Iglesia pobre y para los pobres. La elección del nombre Francisco tuvo un significado muy claro que él mismo explicó y todos fuimos entendiendo rápidamente. Imitando el camino del “poverello di Assisi”, soñaba con una Iglesia pobre, libre del carrerismo[7], del poder, cercana a los pobres, enfermos, vulnerables y como decía tantas veces, próxima a los “descartados por la sociedad”. Fueron innumerables los gestos y acciones concretas: visita a Lampedusa, lugar de entrada en aquel momento de inmigrantes; organizaba comidas en días señalados, en los que invitaba a personas por debajo del umbral de la pobreza, los saludaba y comía con ellos. Visitaba todos los años, normalmente en la fiesta de Jueves Santo, a los presos en una de las cárceles de Roma, a quienes lavaba los pies y les dirigía palabras de consuelo y esperanza. Compartía limosnas y donaciones que llegaban al Papa con Iglesias locales pobres, muchas de ellas en medio de conflictos bélicos, llamaba incluso diariamente a algunos sacerdotes de esas Iglesias, y muchos otros signos y acciones que realizó.
Destaco igualmente su decisión de no vivir en los palacios apostólicos vaticanos, cambiándolos por la residencia “Santa Marta”, más humilde y donde habitualmente residen cardenales, obispos y otras personas, cuando visitan Roma para diversas gestiones y actividades en la Iglesia. Eligió que el coche donde se desplazaba el Papa no fuese de gama alta, como los que muchas veces tienen y usan otras autoridades de la jerarquía eclesiástica.
De todo ello puedo dar testimonio porque lo oí y lo vi, especialmente en la audiencia personal que me concedió el 21 de octubre de 2013 en sus habitaciones de Santa Marta. Un pequeño despacho y detrás su dormitorio. Para él, suficiente y con lo necesario, más cercano a la gente, con quien podía compartir algunas comidas y la Eucaristía todos los días, en los primeros años acogiendo a un cierto número de personas que deseaban asistir a la “Eucaristía de Santa Marta”. En dos ocasiones tuve el privilegio de concelebrar la Eucaristía y saludarle al final de esta, lo cual hacía diariamente con todos los asistentes.
Su sencillez y su cercanía se manifestó también en la conversación que mantuve con él durante prácticamente una hora. Hablamos de muchas cosas, siempre con mucha sencillez, escuchando, haciendo sus reflexiones y todo ello en un tono amable e incluso a veces con humor.
Le planteé algunos temas y preocupaciones en aquel momento para la vida consagrada y para nuestra Orden en particular. Llevábamos tiempo intentando desbloquear un documento del Dicasterio de la Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, sobre la vocación y la misión del “religioso hermano”. Así mismo, eran tiempos difíciles para alguna de nuestras Obras en Roma y también algunos posicionamientos entorno a temas importantes de bioética. Me escuchó como un padre en todo lo que le expuse, me hizo sus reflexiones y en definitiva me animó en todo a seguir adelante. Algunas cuestiones tuvieron respuesta más adelante, cuando el documento mencionado sobre la vocación y misión del religioso hermano salió adelante y fue publicado para júbilo de todas las congregaciones de hermanos. Propuso también más adelante un año dedicado a la “Vida Consagrada” y otras decisiones que en aquel momento daban una luz y esperanza para nuestra obra en Roma.
Me sorprendió agradablemente su respuesta y sus reflexiones sobre diferentes posiciones que encontramos dentro de la propia Iglesia y que muchas veces las vivimos de manera confrontada e incluso atacándonos unos a otros. Me decía que la Iglesia es un camino amplio y ancho, acogedor de todos los hijos del Señor, en el que tienen cabida muchas posiciones. La Iglesia no es algo monocorde, en la que todos debemos pensar exactamente lo mismo y en la que existe una gran pluralidad dentro de la unidad, que enriquece la verdadera comunión. Bromeaba incluso, con algunos ataques que él mismo recibía, cada vez que intentaba abrir las puertas de la Iglesia a muchas personas que deseaban volver. Todos tienen derecho al perdón y la misericordia, porque todos somos pecadores, yo el primero –solía decir-. De ahí que declaró 2014 como “el Año de la Misericordia”.
04| Hospitalidad transformadora: alternativa y esperanza para nuestro mundo.
“Pasión y compasión son energías del Espíritu que darán sentido a su misión hospitalaria, que animarán su espiritualidad y darán calidad a su vida fraterna en comunidad. En un consagrado, y en todo bautizado, no puede haber verdadera compasión por los demás si no hay pasión de amor por Jesús. La pasión por Cristo nos lanza a la profecía de la compasión. Que resuene en ustedes la causa de lo humano como causa de Dios. Y así, sintiéndose una familia, podrán ponerse en todo momento al servicio del mundo herido y enfermo”[8].
Es un párrafo del discurso del Papa Francisco a los miembros del LXIX Capítulo General de la Orden el 1 de febrero de 2019. Fue un momento cumbre para nosotros donde pudimos disfrutar de su presencia, de sus siempre acertadas y desafiantes palabras, del saludo personal de todos los asistentes y de esas fotografías que quedan para el recuerdo histórico. Tuve la fortuna de participar en más audiencias en relación con temas de la Orden, como la que nos ofreció con motivo de la celebración de los 150 años de presencia en la Farmacia Vaticana el 18 de septiembre de 2023, así como otras que nos ofreció a los Superiores Mayores.
Nos habló de San Juan de Dios como nuestro referente: un hombre apasionado por Dios y compadecido del enfermo y del pobre. Cinco siglos después, sigue siendo nuestro inspirador, su espiritualidad del descenso y abajamiento hasta lo más profundo de la miseria, de la enfermedad y de la fragilidad humana para acogerla, acompañarla, curarla, cuidarla y darle vida, sostiene un proyecto de hospitalidad evangélica rico y actual, casi quinientos años después.
San Juan de Dios encarnó como nadie la figura del buen samaritano, en la que el mismo Jesucristo explica de forma sorprendente hasta dónde llega el amor y la compasión del buen samaritano y de todo ser humano podríamos decir: la pregunta de quién es mi prójimo es en realidad otra. Se trata de preguntarse de quién soy yo prójimo, y la respuesta es de toda persona necesitada, frágil, enferma y vulnerable[9]. Ese fue San Juan de Dios y su vida está llena de gestos, acciones y compromiso, hasta “desvencijarse”.
Sobre esto el Papa Francisco se quiso extender en la audiencia de 2019:
“La urgencia de tender la mano al que lo necesita le lleva a posponer (al buen samaritano) sus proyectos y a interrumpir su camino. La inquietud por la vida amenazada del otro hace que emerja lo mejor de su humanidad, derramando con ternura aceite y vino sobre las heridas de ese hombre medio muerto. En este gesto de pura alteridad y de gran humanidad se encierra el secreto de vuestra identidad hospitalaria. Al dejarse afectar por el otro, y en el gesto del samaritano de derramar aceite y vino sobre las heridas del caído en manos de los bandidos descubrirán la marca de vuestra propia identidad. Una marca que los llevará a mantener viva en el tiempo la presencia misericordiosa de Jesús que se identifica con los pobres, los enfermos y necesitados, y se dedica a su servicio”[10].
Es la misión de hospitalidad que la Orden lleva adelante desde que la iniciara su fundador. Acoger a los que sufren como expresión del amor misericordioso del Evangelio, con ternura, pasión y compasión. La compasión samaritana, del Evangelio, de la hospitalidad de San Juan de Dios, es aquella que más allá de la empatía, se para, escucha, asiste y se compromete con la persona necesitada, acompañándola y dándole la confianza necesaria y los auxilios que precisa.
“Tocar, para dejarnos tocar. ¡Nos haría tanto bien! Y entonces sus vidas se transformarán en icono de las entrañas de misericordia de Dios”[11].
En los tiempos actuales, la Orden de San Juan de Dios, sigue comprometida con la Iglesia, con el mundo y sobre todo con las personas necesitadas, ampliando la hospitalidad con nuevas presencias y espacios, programas y proyectos que vayan dirigidos a curar, cuidar y acompañar a las personas en necesidad, especialmente atendiendo las nuevas necesidades emergentes. Lo queremos hacer, como nos decía el Papa Francisco,
“creando “redes samaritanas” en favor de los más débiles, con atención particular a los enfermos pobres, y que sus casas sean siempre comunidades abiertas y acogedoras para globalizar una solidaridad compasiva”[12].
Nos hablaba finalmente de “Misión compartida”[13]. La sinodalidad y la Iglesia comunión nos piden a la vida consagrada abrir y compartir nuestro carisma, nuestra misión y nuestra espiritualidad con los laicos, que colaboran con nosotros en la misión, sin los cuales ésta no sería posible. En esta línea nuestra Orden viene trabajando desde hace años y sueña con un legado de hospitalidad abierto a muchos laicos, profesionales y voluntarios que viven la vocación de la hospitalidad y participan del carisma, la misión y la espiritualidad de la Orden, en diversos modos y alternativas, con diversos niveles de compromiso. En este sentido tenemos la exigencia de acompañar, formar y ayudarles para que puedan conocer, vivir y celebrar la hospitalidad y la compasión hacia el enfermo y necesitado. Hemos de empoderar a los colaboradores laicos para que tomen conciencia del don de la hospitalidad que han recibido, lo llevan en su corazón, y lo practican diariamente, aunque en ocasiones no sean conscientes de ello (Cf. Mt 25, 31-46).
05| Conclusión: Discernimiento para mantenerse fieles al carisma
Deseo concluir haciendo referencia a un tema muy querido por Francisco, por otra parte, muy lógico como buen jesuita que era. Se trata del discernimiento[14]. Efectivamente habló con mucha frecuencia de ello, lo recomendó y lo pidió a toda la Iglesia y a la vida consagrada en particular. Discernir aquello que nos pide el Espíritu del Señor es necesario para seguir a Jesucristo y para vivir nuestra fe cristiana siguiendo el Evangelio. Especialmente en nuestro mundo dominado por el continuo ruido, las muchas voces, palabras, reclamos, opciones y ofertas de todo tipo, vivir en fidelidad el Evangelio exige distinguir, discernir el buen Espíritu del Señor de aquel que viene de otros lados, a veces incluso con formas engañosa.
El discernimiento espiritual es muy necesario a nivel personal, pero también a nivel grupal, institucional y eclesial. Hay diferentes métodos para ello, unos requieren un grado de aprendizaje y profundización mayores, pero otros pueden resultar más sencillos y también eficaces. Desde el examen diario, importante para ponernos delante de nosotros mismos y a la luz de Dios para valorar y evaluar nuestra vida, hasta la conversación espiritual, que se ha extendido mucho en la Iglesia, a partir de los trabajos con motivo del sínodo sobre la sinodalidad.
En la audiencia referida a nuestro Capítulo General también nos habló de discernimiento.
“Se trata de una actitud fundamental en la vida de la Iglesia y en la vida consagrada. Hacer memoria agradecida del pasado, […] vivir el presente con pasión y abrazar el futuro con esperanza –los tres objetivos señalados para el Año de la Vida Consagrada– sería imposible sin un adecuado discernimiento… Mirando al futuro, el discernimiento les permitirá seguir haciendo fecundo el carisma de la hospitalidad y del cuidado, enfrentando los nuevos desafíos que se les presentan. El discernimiento radica en una dimensión histórica […] En este contexto les pido un sereno discernimiento sobre las estructuras. Sus estructuras han de ser “posadas” –como la de la parábola del Samaritano– al servicio de la vida, espacios en los que particularmente los enfermos y los pobres se sientan acogidos”[15].
Se trata de un verdadero compendio sobre el discernimiento para nosotros, en lo personal e institucional, una de las claves fundamentales para vivir nuestra vocación como hospitalarios y para afrontar los desafíos que se nos presentan para llevar adelante con fidelidad la misión apostólica, incluyendo las estructuras y las obras apostólicas, que requieren de este discernimiento en relación a su gestión y también al sentido actualizado de las mismas que debe ser revisado teniendo en cuenta los tiempos y las necesidades. De hecho, con el Papa Francisco tuvimos la ocasión de conversar sobre alguna de nuestras estructuras, mostrando interés y compromiso con ella.
Muchas otras cosas, muchos otros temas podríamos haber incluido en este elenco sobre los cuáles tuve la oportunidad de conversar con el Papa Francisco, un Papa, religioso jesuita, que trajo vientos de novedad y de cambio a la Iglesia, que agradecemos y deseamos que tengan su continuidad, porque creo que vinieron impulsados por el Espíritu del Señor y a los que nos unimos con humildad esta Familia Hospitalaria fundada por San Juan de Dios, aquel buen samaritano que trajo también novedades en forma de hospitalidad y compasión, siendo expresión viva de la ternura de Dios con sus hijos más predilectos, los enfermos y vulnerables. A partir de él, los religiosos y colaboradores de la Orden, hombres y mujeres, han sido durante casi cinco siglos y lo siguen siendo en la actualidad verdaderos iconos de las entrañas de misericordia de Dios.

