Pascal Ahodegnon O.H.
Superior General.
Los Molinos (Madrid).
Queridos hermanos y colaboradores, Queridos amigos en San Juan de Dios,
Es con ilusión y esperanza viva, que me encuentro aquí entre vosotros para abrir este segundo Capítulo de la Provincia, acompañado por el Hermano Joaquim Erra Mas, consejero General.
No estamos aquí para cumplir una formalidad administrativa, ni para satisfacer los requisitos de nuestras Constituciones. En nuestro encuentro de estos días, lo que queremos es vivir un Kairós, un tiempo favorable de Gracia y de verdad.
En este primer semestre de 2026, el Espíritu Santo nos convoca a toda nuestra familia religiosa para una tarea difícil, pero magnífica: escrutar el horizonte, y hacerlo no con los ojos del miedo o de la nostalgia, sino con la mirada ardiente de San Juan de Dios. No queremos estar y permanecer en un mundo cerrado. Estamos inmersos en la realidad de España. Amamos esta tierra, la servimos, pero también vemos que sufre y conocemos la realidad de estos sufrimientos.
Nos reunimos mientras el mundo que nos rodea vive en total incertidumbre: guerras, violencia, soledad… mientras la política y el clima hacen cada día más precaria la situación de quienes servimos; también la Iglesia local atraviesa una noche de fe y de vocaciones.
Es precisamente ahí, en el corazón de estas fracturas, donde nuestra Hospitalidad debe convertirse en una alternativa, en un signo de contraste y esperanza.
01/ Ampliar y difundir la hospitalidad: una fidelidad dinámica
El Capítulo General nos ha dejado un mandato claro: no podemos conformarnos con gestionar lo que existe. La hospitalidad de San Juan de Dios es un fuego, y un fuego que no se difunde termina por apagarse, se extingue.
Estamos llamados a «ampliar el espacio de nuestra tienda». Esto significa que vuestra Provincia debe atreverse a salir de sus zonas de confort y orientarse hacia las periferias. Difundir la hospitalidad no significa necesariamente construir nuevos muros o grandes hospitales. Significa tener la audacia de preguntarse:
«¿Dónde están los ausentes, los invisibles? ¿Dónde están aquellos a quienes nadie de nuestra sociedad los mira?».
Animar a dar vida a los temas del Capítulo significa rechazar el statu quo. Significa pasar de una lógica de conservación a una lógica de fundación permanente. Quizá en esta Provincia, difundir la hospitalidad significará desarrollar estructuras más ligeras, más comunitarias, más cercanas a las zonas rurales o a las periferias urbanas.
Os invito, durante este Capítulo, a no temer reevaluar vuestras estructuras actuales; tengamos el valor de identificar dónde tenemos que reinvertir nuestras fuerzas, que es siempre donde “la vida nos llama”. La hospitalidad debe ser un proyecto global, fluido, capaz de infiltrarse donde la dignidad humana esté amenazada. No frenéis la creatividad del Espíritu con rigideces administrativas. Dejad que la hospitalidad tome las formas que la caridad nos dicta hoy.
02/ Actualizar el carisma: la hospitalidad como remedio a los males del mundo.
Nuestro mundo está enfermo. Más allá de las patologías físicas, nos enfrentamos a patologías relacionales: el individualismo desenfrenado, la «soledad no deseada» identificada por nuestro Capítulo General, la exclusión social, la violencia de los conflictos y la crisis climática que afecta siempre y sobre todo a los más pobres.
En este contexto, nuestro carisma no es una pieza de museo para desempolvar, sino una medicina de urgencia. San Juan de Dios no solo curó cuerpos; con su oración y su fe restauró personas. Hoy, actualizar nuestro carisma significa proponer la hospitalidad como un verdadero remedio para nuestra sociedad, para la civilización.
Ante la deshumanización de los cuidados técnicos, proponemos una humanización integral.
Ante la exclusión, creamos «lugares seguros», como nos pide el Capítulo General, donde cada persona acogida y acompañada, enferma o colaboradora, esté protegida, respetada y amada.
Ante la crisis ecológica, respondemos con una «ética del medioambiente», comprendiendo que cuidar nuestro planeta es cuidar la salud de los más vulnerables que lo habitan.
El reto, hermanos y colaboradores de esta provincia, es demostrar con vuestras decisiones y acciones que la hospitalidad es una fuerza de transformación social. Es el antídoto contra la indiferencia. Cuando discutáis vuestros planes estratégicos, haceros la pregunta: «¿De qué manera este proyecto cura no solo el cuerpo, sino también el tejido social desgarrado de nuestra región?»
03/ Nuestra misión: el imperativo de actuar ante las realidades emergentes.
Las Declaraciones de Częstochowa subrayaron «la urgencia y la necesidad» de responder a las necesidades emergentes. No podemos esperar más. El imperativo de actuar está ahí y es apremiante. Nuestra misión debe comprometerse con determinación en el campo social y en las nuevas formas de pobreza. El modelo puramente sanitario, aunque esencial, ya no basta para cubrir el espectro del sufrimiento moderno.
Mirad a vuestro alrededor, en vuestra Provincia: la salud mental se ha convertido en una emergencia silenciosa, especialmente entre los jóvenes. Las adicciones devastan muchas familias. La precariedad arroja a miles de personas a la calle o a rutas migratorias.
La Orden nos llama a un cambio. Debemos ir hacia esas «periferias existenciales». Esto requiere una gobernanza renovada: más inclusiva, más participativa, que integre plenamente a nuestros colaboradores laicos, no como simples ejecutores, sino como corresponsables de la misión carismática. Este imperativo de actuar exige también lucidez económica.
Como se señala en las líneas de acción, debemos garantizar la sostenibilidad de nuestras obras para que puedan servir a los pobres también mañana. Esto implica transparencia, ética y búsqueda de alianzas audaces con el Estado, las ONG y otras congregaciones y entidades afines. Invertir en lo social o en lo médico-social no es una opción facultativa, es la condición de nuestra fidelidad a Juan de Dios, que comenzó su obra lavando los pies a los pobres bajo un pórtico, antes de construir un hospital.
04/ Vida de los Hermanos: renovar nuestra consagración
Por último, permitidme dirigirme más específicamente a vosotros, queridos hermanos. Todo lo que hagamos no tendrá valor si nuestra vida consagrada pierde su sabor.
¿Por qué ser Hermanos de San Juan de Dios hoy, en 2026? Ciertamente no para ser simples gestores de empresas sanitarias. El mundo tiene suficientes directivos; necesita sobre todo testigos. El 70º Capítulo nos lo recordó con fuerza: «Hermanos, no tengáis miedo, yo estoy con vosotros».
En este año en que celebramos los 140 años de la proclamación de San Juan de Dios como Patrono celestial de los enfermeros y hospitales, estamos invitados a volver o, mejor dicho, a reencontrarnos con la fuente de nuestra identidad. El hermano es quien está al pie de la cama, quien toca la carne sufriente de Cristo. Aunque nuestras responsabilidades a veces nos alejen del cuidado directo, nuestro corazón debe permanecer anclado a él.
La renovación de nuestra consagración pasa por un discernimiento constante. Debemos luchar contra la mundanidad espiritual que nos amenaza y nos aleja de los pobres. Sea cual sea nuestra edad, estamos llamados a dar vida al ministerio de la presencia.
Este Capítulo debe ser también la ocasión para verificar la calidad de nuestra vida fraterna. Una comunidad que no se ama no puede ofrecer hospitalidad al exterior. Estamos llamados a ser y lo somos, expertos en comunión.
05/ La Provincia San Juan de Dios de España
A vosotros, queridos hermanos y colaboradores, os digo esto: tras la gracia de la unificación viene el tiempo de la consolidación.
Es necesario estabilizar lo realizado, transformar la nueva arquitectura en cultura común, asegurar y adecuar los modos de gobernar, armonizar las prácticas y acciones que realizamos, formar, acompañar y cuidar a las personas que llevan adelante la misión cada día.
Os animo vivamente a no cerrar la unificación realizada sobre sí misma. Una Provincia unificada, no está llamada a la autosuficiencia: está llamada a ser más disponible, más visible y fraterna. Permaneced abiertos: a la innovación, a las periferias, a las colaboraciones interprovinciales, a la escucha de los nuevos retos. Avanzad con serenidad, sin agitación, pero sin inercia, porque la unificación no es una meta, es un comienzo.
Os pido que reconsideréis hoy las múltiples obras de la Provincia: no temáis garantizarlas con estructuras jurídicas adecuadas a las legislaciones locales (asociaciones, fundaciones, entidades sin ánimo de lucro, etc.), para que las obras estén protegidas, sean duraderas, gobernadas con competencia y fidelidad al carisma, incluso cuando los Hermanos sean menos numerosos. Sin la seguridad de las obras, se pone en peligro la misión, las personas y la credibilidad de nuestra hospitalidad. Esta precisión no es una renuncia: es un acto de responsabilidad.
En diversas regiones del mundo, lo sabemos, la realidad es ya objetiva: envejecimiento de los hermanos, fragilidad de las comunidades, creciente complejidad de las normas civiles y sanitarias y presión económica sobre las instituciones.
Lo importante no es «salvar un título», sino salvar una capacidad misionera: una vida fraterna posible, un gobierno sostenible y una presencia hospitalaria reconocible.
La nueva realidad de la Provincia, como veremos en las presentaciones de estos próximos días, ya lleva consigo una promesa: la unidad como fecundidad, la colaboración como estilo y un nuevo impulso apostólico al servicio de la hospitalidad.
Pero una unificación lograda no se verifica en un decreto, se mide en el tiempo, en lo que hace crecer y en la fecundidad que genera.
Al inicio de vuestro capítulo, os invito a elegir un liderazgo sólido: no un liderazgo de fachada o de compromiso, sino un equipo capaz de consolidar, proteger, armonizar y llevar adelante la obra iniciada con fidelidad y realismo. El reto hoy no es solo «funcionar juntos», sino avanzar juntos, dando a esta nueva Provincia un rostro fraterno, estable y misionero.
06/ Conclusión
Queridos hermanos y colaboradores de la Provincia San Juan de Dios, la tarea que os espera estos días es inmensa, pero apasionante. Tenéis en vuestras manos el futuro de la Hospitalidad en esta tierra española. Sé que los desafíos (políticos / de seguridad / económicos) que enfrentáis cada día son fatigosos. Sé que a veces el cansancio se hace sentir ante la amplitud de la cosecha y el escaso número de obreros. Pero nunca olvidéis que es obra de Dios, no nuestra. Por ello, os invito a vivir este Capítulo no como una rutina canónica o una asamblea cuatrienal, sino como una nueva Pentecostés.
Adaptad las directrices del Capítulo General a vuestra realidad. Tened el coraje de la innovación pastoral. Tened la audacia de la confianza en la Providencia. Que San Juan de Dios, nuestro fundador, cuyo corazón ardía de amor por los más vulnerables, os inspire decisiones justas y proféticas. Que María, Madre del Buen Consejo y Reina de la Hospitalidad, vele por vuestros trabajos en compañía de nuestros santos y beatos, los mártires de la hospitalidad.
A todas y todos, ¡os deseo un buen capítulo!

