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experiencias | Num.3423
06 | 1 Migrantes, testigos de esperanza

Xabier Gómez García,
Obispo de Sant Feliu de Llobregat. Barcelona

La Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2025 llega en un momento especialmente sensible en todas partes. El aumento del discurso xenófobo, cada vez más normalizado en ciertos ámbitos políticos y mediáticos, pose en riesgo la convivencia y erosiona los cimientos de una sociedad que
históricamente se ha caracterizado por la acogida y la pluralidad.

Como obispo de Sant Feliu de Llobregat, no puedo restar en silencio ante este escenario. Callar sería cómplice. Mi experiencia pastoral
en barrios donde conviven familias llegadas del Marruecos, de la América Latina, de la África subsahariana o de la Europa del Este me ha mostrado que los migrantes no son nunca una amenaza.

Bien al contrario: son rostros concretos de esperanza, personas que luchan para sobrevivir, para dar un futuro a los hijos, para reconstruir una vida después de haberlo perdido casi todo.

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Capaces de generar redes de autoayuda y solidaridad, como la comunidad bangla en Lavapiés (Madrid) durante la pandemia. Como no recordar el testimonio de mujeres migradas y trabajadoras domésticas cuando hablan de jornadas laborales infinitas en la limpieza doméstica, de añoranza de los hijos que habían dejado atrás y del dolor de sentirse a menudo invisibles.

Pero también me transmitieron una fuerza que me impresionó: “Hemos venido para vivir, no para malvivir”, me decían. Aquel testigo, sencillo y valiente, fue para mí una lección de evangelio puro. También me llena de tristeza ver en algunas ocasiones de personas migradas que se aprovechan de la vulnerabilidad de sus vecinos migrantes. Pero me quedo con la alegría y gratitud de muchas familias que encontraron  motivos para el arraigo  social y la esperanza, a pesar de unas leyes injustas que debería ser cambiadas.

El Papa León XIV nos lo recuerda con claridad en su mensaje para esta jornada: los migrantes son “misioneros de la esperanza”. En ellos hay el reflejo de la fe que no se resigna, de la vida que a pesar del sufrimiento se levanta, del futuro que se construye  desde la confianza en Dios y en la solidaridad  humana.

El Papa denuncia la indiferencia y el egoísmo que levanta muros y cierra fronteras, y nos invita a ver en cada migrante no un problema, sino una oportunidad de encuentro y de renovación social.

En la misma línea, los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Promoción Humana insisten que los migrantes no pueden ser reducidos cifras ni a estadísticas. Son personas que llegan con proyectos,  con fe, con sueños. Y muchas veces, son ellos quienes revitalizan parroquias envejecidas, quién nos ayudan a redescubrir la universalidad de la Iglesia y quienes aportan dinamismo cultural y espiritual a barrios que parecían dormidos.

España o Cataluña vive tensiones reales: la precariedad laboral, la dificultad de acceso a la vivienda, la carencia de inversiones públicas en algunos barrios. Pero atribuir estas problemáticas a los migrantes es una manipulación que hay que denunciar.

El verdadero enemigo no son las personas que llegan, sino las bolsas de pobreza y desigualdad que concentramos en determinadas zonas urbanas. Cuando una familia catalana tiene que compartir piso porque no puede pagar el alquiler, el problema no es que su vecino sea paquistaní; el problema es un mercado inmobiliario desbocado y un sistema económico que prioriza el beneficio por encima del derecho a un techo. La frustración es comprensible. Pero precisamente por eso es tan fácil que arraigue el discurso simplista: señalar el migrante como culpable. Es urgente cambiar la mirada y reconocer que el reto no es expulsar nadie, sino  transformar las estructuras que generan desigualdad.

A lo largo de los años, he conocido centenares de migrantes que han dejado huella en mi vida y también contamos con testigos a nuestra diócesis. Un padre senegalés que trabajaba por la noche en una fábrica y de día se dedicaba a enseñar catalán a sus hijos,  convencido que la integración pasaba por la educación.

Una joven hondureña que, después de un viaje lleno de peligros, consiguió reunirse con su madre en Sant Feliu y hoy es voluntaria en Cáritas ayudando otras familias. Un grupo de jóvenes marroquíes que se ofrecieron para pintar la parroquia donde se estaban integrando, demostrando que querían ser parte activa de la comunidad. Estas historias son más reales que cualquier
eslogan electoral. Y todas tienen en común la misma semilla: la esperanza.

No podemos mirar hacia otra banda. El adelanto de la xenofobia irracional en Cataluña es un síntoma preocupante. Cuando se normaliza el discurso del odio, se deteriora la democracia y se destruye la cohesión  social. Es responsabilidad de todos -instituciones, medios de comunicación, comunidades religiosas y ciudadanos- parar esta deriva.

Hay que repetirlo con claridad: los migrantes no son el problema. El problema son las desigualdades estructurales, la carencia de políticas valientes en vivienda y trabajo, la precarización de servicios públicos que condena barrios enteros a vivir en la marginación. Si lo afrontamos estas causas reales, continuaremos alimentando el resentimiento y el enfrentamiento.

Los migrantes nos enseñan a esperar contra toda esperanza. Nos muestran que es posible volver a empezar, que la fraternidad no es una utopía y que la fe se hace fuerte en la fragilidad. Pero esta esperanza no tiene que quedar en poesía; tiene que traducirse en compromiso.

Como sociedad en todas partes, tenemos que construir políticas de acogida inteligentes y humanas, tenemos  que promover espacios de encuentro intercultural y tenemos que garantizar que nadie quede a la cuneta. Las parroquias y entidades sociales ya hacen mucho, pero no pueden sustituir el que corresponde en el Estado y a las administraciones.

Mi propia experiencia pastoral me confirma que, cuando se crean vínculos reales entre personas cae el miedo y nace la confianza. Cuando un niño catalán y un niño boliviano comparten pupitre, cuando una abuela autóctona y una madre nigeriana comparten banco en la iglesia, cuando una empresaria da una oportunidad laboral a un joven migrando, cuando dos vecinas de países diversos comparten recetas de cocina y se  cuentan la vida, o se encuentran en la misma asociación de barrio o de pueblo, cuando en el mismo hospital se comparten esperas y se interrumpe el silencio, o se celebra la vida juntos, entonces la convivencia deja de ser un reto y se convierte en una realidad posible.