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experiencias | 06/10 | num.334
Caminar en tiempos de pandemia

Ana Maria Pollo,
Madre de residente del área de personas con Discapacidad. Centro San Juan de Dios. Ciempozuelos (Madrid).

Si hace tres años me dicen que nos va a visitar un personajillo, procedente de China, que va a cambiar la vida a los habitantes de todo el planeta, hubiera pensado que era una broma y me pondría a buscar la cámara oculta por todos lados, pero, lo cierto es que muy pronto, me iba a cerciorar que, verdaderamente, por muy surrealista que pueda parecer, comenzarían a ocurrir cosas extrañas a nuestra vida cotidiana.  

El personajillo en cuestión, ya estaba preparando su equipaje en China, llenándolo de enfermedad, muerte y desolación, y se disponía a repartirlo a su antojo, de manera aleatoria entre todos los habitantes de la tierra. A tan macabro equipaje, los investigadores le pusieron un nombre: COVID-19 y tuvimos que comenzar a familiarizarnos con él. Si bien, el inicio de la enfermedad se data en China, el 31 de diciembre de 2019, el primer caso en nuestro país es de 31 de enero de 2020 y, el primer fallecido, el 13 de febrero del mismo año. A partir de estas fechas, una cascada de enfermos y muertos todos los días, debiendo resaltar que, el día más negro en España, fue el 1 de abril de 2020, con 950 fallecidos. Mientras tanto, las autoridades se tuvieron que poner a dictar normas, restricciones y consejos, dando un poco palos de ciego, sin conocer la naturaleza de este predador, cosa que, a día de hoy, sigue ocurriendo de alguna manera.

Procedieron a tomar una medida drástica con el fin de contener el mortal brote que nos estaba atacando y llegó el confinamiento en los hogares, que duró del 14 de marzo de 2020 al 21 de junio del mismo año. El país se paralizó en seco y las ciudades y pueblos presentaban un aspecto fantasmagórico, La televisión nos informaba puntualmente del número de contagios y fallecimientos cada día.

Hasta aquí, la cronología de los hechos. Ahora expondré mi experiencia personal, sobre todo en lo que se refiere a mi papel como madre de un residente en el Centro San Juan de Dios, de Ciempozuelos.

Si la separación de nuestros seres queridos sigue doliendo aun a sabiendas que son las mejores manos en las que podemos confiar a nuestros hijos, ahora se nos iba a sumar un plus de dolor con las medidas restrictivas que se avecinaban para poder realizar nuestras visitas habituales. Y lo peor es que creo que aún iba a ser más doloroso para ellos.

El Centro, que atiende a 1.200 residentes y está perfectamente organizado para ofrecer actividades las 24 horas del día, se tuvo que reinventar para adaptarse al COVID, limitando salidas, creando grupos burbuja, para tratar de evitar el contacto físico, aunque no el aislamiento total. Suponía un reto más en el día a día, obedeciendo en todo momento a las autoridades sanitarias y, al mismo tiempo, teniendo atendidas e informadas a las familias.

Tras el confinamiento total, con mucha precaución y a cuentagotas, comenzarían las visitas, creo recordar que una vez a la semana y por una hora, pudiendo pasar un solo familiar, algo es algo, costaba trabajo, pero lo comprendíamos. Los encuentros con mi hijo tenían un sabor agridulce. Llorábamos y reíamos, se hacía muy corto, pero lo exprimíamos al máximo, ya vendrían tiempos mejores, o queríamos creerlo. Así, pasó casi un año y por fin llegó la Navidad. La alegría fue inmensa cuando nos permitieron traer nuestro hijo para pasar unos días en familia. Un miembro más iba a dar la bienvenida a nuestro hijo ya que en octubre de 2020 mi hija daba a luz al segundo de sus hijos, una inmensa alegría para nuestro hijo que sigue presumiendo de sobrinos ante todo el Centro.

Pero la Navidad nos iba a deparar otro hecho terrible. Nos contagiamos mi esposo y yo y, aunque yo lo acusé de manera leve, iba mejorando día a día, no así mi esposo, que empeoraba por momentos. El día de Reyes de 2021, se levantó desorientado, agarrándose a las paredes y musitando que se estaba muriendo; alarmada, telefoneé a mi hija, quien se presentó en casa y ocupándose de llevar a su padre a urgencias del hospital Ramón y Cajal. Allí se hicieron cargo de mi esposo y, automáticamente, le intubaron, induciéndole al coma y tumbado boca abajo, tal era la gravedad con la que ingresó. Posteriormente, hemos sabido que salieron a por mi hija para que entrara a “despedirse” para siempre de su padre, pero al ver que ella portaba a un recién nacido (estaba con su bebé), dicho protocolo no iba a ser posible y optaron por no decirle nada.

Una vez más, tuve que recurrir al personal cualificado del Centro de San Juan de Dios, pidiendo su colaboración en la difícil misión de comunicarle a mi hijo esta dolorosa situación. Me consta que lo hicieron perfectamente, pero él, en algún momento, pudo oír que su papá estaba “entre la vida y la muerte” y así, me lo preguntó a mí, ante su incapacidad para poder comprender y asimilar estas duras palabras.

Comenzó entonces un largo calvario, esperando cada día, con ansia, la escueta información que nos facilitaban desde el hospital. Por supuesto, nada de visitas ni de llamadas telefónicas por nuestra parte. El camino fue pedregoso y muy especialmente en los primeros días en que, cuando parecía que mejoraba un poco, volvía a caer en picado y empeoraba otra vez, haciéndonos temer lo peor. Siempre confiando en Dios y aceptando en todo momento su voluntad, un día se comenzó a ver un rayito de luz. Casi dos meses en la UCI, gran parte intubado y sedado; después, un tiempo en planta y al final, un mes en un Centro de Rehabilitación de Guadarrama, donde debería recuperar fuerzas, no andaba, no comía, no hablaba, se trataba de comenzar de nuevo a vivir y… todo esto, a la edad de ochenta años.

Así comenzó una etapa más agradable y esperanzadora, mi hija y yo, en días alternos, íbamos a Ciempozuelos y a Guadarrama, para visitar, aunque solo fuera un pequeño ratito a mi hijo y a mi esposo. Gracias a Dios, el humor y el positivismo suelen acompañarme en mi vida y echaba mano de ello; le decía a mi hija: “Ya están haciendo su tarea, las “HH. Visitadoras de los pandémicos desamparados”.

Cuántas noches en vela, con el móvil debajo de la almohada, cuántos Rosarios desgranados, esperando siempre el milagro que… iba a llegar, sin duda. Si bien, en una fecha señalada, el día de Reyes, perdíamos a mi esposo, permitió el Señor que, otra fecha importante, el cumpleaños de mi hija, 30 de abril, volvía a casa sano y salvo. Hoy se encuentra bien y todos dando gracias a Dios sin descanso.

Deseo expresar mi agradecimiento eterno a todos y cada uno de los componentes del Centro San Juan de Dios, por actuar, una vez más, como bálsamo para mis heridas más profundas. Y aunque, nada ha vuelto a ser como antes, el COVID sigue contagiando y matando a seres humanos, todo se ha mitigado en gran parte con la administración de las vacunas.

Hoy, como cada domingo antes de la pandemia, sacamos a mi hijo a comer al pueblo, recordando otros tiempos y brindando por estar todos juntos de nuevo.

Quiero citar un par de dichos que me hacen pensar. El primero, “La vida es un valle de lágrimas”, puede ser cierto en parte, pero igual se llora de pena que de alegría. Y “La vida no es un camino de rosas”. No estoy de acuerdo, la vida SI es un camino de rosas, lo que ocurre es que las rosas tienen espinas, pero, a pesar de ello, ¿a quién no le gusta pasear por un camino de rosas?

Amigos, ¡deseo terminar apostando por la vida y gritando que la vida es un camino de rosas y que Dios sigue siendo maravilloso!!!          

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