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LH 332_pag 9-Fe y mision
experiencias | Num.332
Fe y trabajo: Fe y misión en contextos de exclusión.

Mª Begoña Díaz de Diego,
Técnico de Empleo. Programa de Protección Internacional. Centro San Juan de Dios. Ciempozuelos (Madrid).

“…Conteniendo el aliento, acercó ese puñado de tierra negra a sus labios. Y cuando el aliento de su beso rozó esa tierra abierta a la vida, esa tierra se estremeció de existencia”
(Desconocido)

Si bien es complejo y harto difícil llegar a formular en torno al encuentro con el otro, ¿qué puedo decir del encuentro con Dios? Sin embargo, a la hora de hablar de relaciones interpersonales, se me hace necesario hablar de la experiencia de Dios, inseparable de la relación con otros.

Mi experiencia de encuentro con ese Dios, es un proceso porque es dinámico; remite a la vida cotidiana, a cada acontecimiento grande y pequeño. Se va construyendo a medida que me dejo tocar por la vida y le doy espacio para ello. Como toda relación necesita sus espacios y tiempos. Algunos lo llaman Dios, otros un Ser Superior, otros Naturaleza, otros Energía; en definitiva, algo en lo que creer que da sentido a nuestra vida, a nuestro mundo. Vertebra cada esfera de nuestra vida.

En muchas ocasiones me he preguntado cómo es el Dios en el que creo y siempre tengo que afirmar que es alguien profundamente humano, tierno, frágil; alguien sin respuestas para todo, pero capaz de acompañar, de estar presente en y con el silencio. De alguna manera, esa imagen y experiencia que tengo de Dios es la que me ha impulsado a vincularme con el otro de la forma en la que lo hago. Como veo al otro veo a Dios. Como veo a Dios veo al prójimo en esos contextos de exclusión.

01 | El otro en contextos de exclusión

En primer lugar, excusar esta terminología que puede resultar incómoda y molesta, porque el uso de determinados lenguajes nos puede situar en un nivel superior y pueden llegar a ser sinónimo de prepotencia.

De todas mis experiencias, podría afirmar que las más ricas se encuentran en el límite, en la frontera, con la convicción de ser apasionada por la vida y por todo lo vital: la persona que realmente vive, es la que sufre y goza desmesuradamente. Hablando como educadora en contextos de frontera he comprendido que, como agente que interviene en dichos contextos, se ha de tener el compromiso de fomentar relaciones que hagan crecer al otro como persona y que libere del sufrimiento.

Creo firmemente en la responsabilidad de llevar a la luz la vida que corre en los “límites” y que son agentes de cambio claves en la transformación de la sociedad. Esa responsabilidad surge de la vivencia personal del Dios del Evangelio.

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Creo firmemente que se ha de recuperar el valor de lo simbólico y de lo pequeño. En la frontera se ha de hablar de construir microestructuras, de crear redes en las que lo “micro” y lo simbólico cobren su fuerza y su capacidad de transformación.

En mi trabajo de educación integral y de inserción socio laboral con jóvenes en el marco de la prevención se ha de fomentar la educación de actitudes y valores basado en la relación directa; de “contacto”, del tú a tú.

El hecho de concebir la relación interpersonal como proceso y circular-abierta- hace que me centre en el sentido del otro: en sus percepciones, sus premisas y lo que me ha supuesto encontrarme en dicha realidad.

Cuando hablo de sentido del otro es porque es alguien que está fuera de mí y reconozco como otro. Exige de mí una actitud de intemperie, de desnudez. Dicha exigencia implica autoconocimiento que solo puede venir dado a través de un espacio personal que ha de tomarse como clave definitiva.

La soledad: permanecer en el silencio de uno mismo, prepara para el encuentro. Prepara una manera de estar ante el otro en libertad a pesar de que se es consciente de la dependencia que esto supone. Esa soledad posibilita la relación con Dios y con el otro.

Siempre me he considerado una mujer de riesgo entendido como apuesta por la vida. A lo largo de toda mi vida, de todas las situaciones y
Al sumergirnos en el mundo de las relaciones interpersonales, las que confieren al “tú” y al “yo”, nos encontramos ante la ineficacia. Las relaciones interpersonales han de centrarse en un contexto de gratuidad.

La gratuidad tiene mucho de acogida y de reconocimiento; de aceptación, de escucha, de intuición y de sensibilidad. Se trata de adelantarse a la necesidad del otro: no avasallando, ofreciendo desde el amor. Sabiendo estar. Si no hemos palpado sus vivencias, al menos permanecer calladamente a su lado. Sin esperar nada. Sólo “estar” es un regalo. Vivir agradecidos no como deber sino como experiencia que nos supera. No nos precipitemos a llenar de palabras un silencio que se nos hace insoportable.experiencias vividas, la manera de relacionarme con cada una y de estar presente, ha sido y es, apostando por la vida y el reto de creer en ella. Y más aún, en las relaciones. Sí, es un riesgo, pero con confianza plena en la vida que conlleva. Donde queda fuera el cálculo y la medida. El otro se merece esa confianza: creer en el otro es un riesgo que vale la pena. Es la manera de poder construir y crecer. Crear juntos la manera donde se llegue a esa comunicación honda, de ser a ser, que es la que plenifica porque se reconoce lo bueno. Donde se reconocen los límites, donde se ama profundamente y se es capaz de ir más allá. A través de la experiencia personal, puedo afirmar que es solo desde la vivencia de palpar el propio límite cuando podemos descubrir y reconocer al otro. Nos sitúa en una relación de reciprocidad. ¿Cómo creerlo? ¿Cómo prepararse, entender que el otro es un riesgo que nos da vida?

Antes hablaba de la experiencia de precariedad y soledad como premisa del encuentro con el otro y, a través de ella, se desprenden una serie de actitudes que se descubren y en las que, en la mayoría de los casos, el otro es la clave y quien las posibilita.

Desde abajo, cuando uno toca fondo en su ser, se vuelve vulnerable, humilde; se pierde la prepotencia y la autosuficiencia que nos caracteriza. Uno se vuelve frágil y, a la vez, fuerte. La escucha se convierte en caricia. Se es capaz de escuchar a fondo, sin miedos, sin susto. Sin escándalo. Sin juicios. Ante alguien que es capaz de escuchar de esta manera, no cabe otra cosa que el anhelo de ser escuchado.

Cuando tocas tu propia precariedad sin asustarte, cuando palpas tus propias bajezas, puedes llegar a comprender al otro en su propia mediocridad también. El encuentro con el otro “abajo desde abajo”.

Sigamos luchando y creyendo que aún queda un lugar en el mundo en el que tú, en el que yo, en el que nosotros, podamos seguir construyendo juntos y amándonos en libertad.

Al sumergirnos en el mundo de las relaciones interpersonales, las que confieren al “tú” y al “yo”, nos encontramos ante la ineficacia. Las relaciones interpersonales han de centrarse en un contexto de gratuidad.

La gratuidad tiene mucho de acogida y de reconocimiento; de aceptación, de escucha, de intuición y de sensibilidad. Se trata de adelantarse a la necesidad del otro: no avasallando, ofreciendo desde el amor. Sabiendo estar. Si no hemos palpado sus vivencias, al menos permanecer calladamente a su lado. Sin esperar nada. Sólo “estar” es un regalo. Vivir agradecidos no como deber sino como experiencia que nos supera. No nos precipitemos a llenar de palabras un silencio que se nos hace insoportable.

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